Queridos lectores, en esta ocasión me gustaría compartirles mi reflexión sobre el deseo ser discípulo de Jesús en la vida cristiana. Me dirijo a ustedes, con el favor de Dios, diciendo que Jesús llamó a sus discípulos a participar en su misma misión: vivir en la gracia y estar con Él, servir al Reino de Dios, predicar el evangelio, curar enfermedades y por último participar en la vida, muerte y resurrección de Él mismo.
Jesús nos pide dar testimonio de lo que creemos en nuestra vida en las situaciones del mundo, en la unión con el Espíritu Santo y con todas las personas en nuestro entorno. El deseo de ser discípulo de Jesús hoy es para quien ama y se compromete a seguir el estilo de vida de Cristo mismo: “tomar un yugo suave y una carga ligera” y no al contrario, pues, quien no ama a Jesús, toma una carga pesada y tropieza en la piedra.
Todos estamos llamados a vivir la experiencia con el buen maestro y debemos ejercer nuestro camino de discipulado según su voluntad de servicio y caridad y en el sentido más estricto renunciar a todo para seguir fielmente al Señor. Es decir, nosotros como discípulos y seguidores suyos debemos tener una formación de vida y entrar en relación personal con Él por medio de la fe y la práctica de las buenas obras.
En la vida cristiana creemos que el amor y culto de los discípulos a Jesús tiene que ver mucho con su humanidad, su poder sobre las personas, su poder espiritual y su humildad en la vivencia con los destinatarios del Reino de Dios. Mas allá de todo esto, los discípulos encuentran algo muy significativo en la persona de Jesucristo; la presencia del poder y el amor de Dios Padre quien nos hace imagen y semejanza con Él. Por lo tanto, los discípulos
lo reconocemos, lo aceptamos y lo amamos como el santo de Dios.
Cabe mencionar que ser discípulo significa aprender del buen maestro a convertir sus palabras en obras concretas, llevar a cabo el compromiso de las bienaventuranzas en la vida cotidiana, aunque sea difícil. Vale la pena hacerlo. Debemos tenernos confianza mutua, actuar en libertad, sencillez y teniendo por segura su presencia real en todos los momentos de nuestra vida para seguir el camino de la cruz hasta final.
Finalmente, el seguimiento que propone Jesús a sus discípulos presenta algunos rasgos que podríamos definir como condiciones para el discipulado. La primera condición es: ir detrás de Jesús humanamente; escuchar lo que dice, hacer lo que Él diga, y aprender no sólo de sus palabras sino también de su cercanía y contacto con sus gestos y su comportamiento cotidiano. La segunda condición es: ir detrás de Jesús vitalmente, compartir su estilo de vida. La tercera condición es: ir detrás de Jesús dinámicamente, colaborando con su misión de anunciar el Reino de Dios y denunciar el anti-reino. La cuarta condición es: ir detrás de Jesús martirialmente, aceptando, de buen grado, su destino, como si fuera el propio y no renunciando al dolor, la pasión, la renuncia y el sacrificio, incluso, la muerte en caso de ser necesario.

