El obispo Conforti tenía como una idea fija, un sueño que realizar: una familia, la familia xaveriana, la familia diocesana, la familia mundial. Su programa: “hacer del mundo una sola familia”, proyecto que dejó como testamento a los xaverianos. ¿Dónde?, ¿Cuándo empezó este proyecto? En su familia, en Casalora, cerca de la ciudad de Parma, Italia, en una hacienda, expropiada a la Iglesia por el gobierno jacobino italiano y comprada por Rinaldo Conforti.
Casalora es mencionada en un antiguo pergamino de 1169, propiedad de los monjes de la cercana cartuja de Parma, lugar estratégico de sanación de los terrenos paludosos del cercano río Po. En la hacienda de Casalora había una capilla dedicada a S. Andrés apóstol. Ahora depende de la parroquia y municipio de Ravadese. En la pared de la casa, una lápida recuerda el nacimiento del obispo Conforti el 30 de marzo de 1865, hijo de Rinaldo y Antonia Adorni.
Guido fue precedido por 7 hermanitos de los cuales vivían Jacinto (1851), Adele (1853), Ismael (1857) y Clotilde (1860). Pero ahora, Guido era el benjamín. Fue bautizado el mismo día que nació, por la triste experiencia de los 3 que Doña Antonia había perdido prematuramente. Le pusieron 3 nombres: Guido, José y María. En la iglesia de Ravadese hay una lápida que recuerda este acontecimiento, que también el obispo Conforti recordará todos los años, como el aniversario de su nacimiento cristiano.
Su papá era un hombre alto y robusto, con larga barba, chaqueta de tela gruesa, reloj ruso en el pecho con cadena pendiente, botas hasta las rodillas para moverse entre los arrozales. Era exigente con sus obreros, pero justo y hasta generoso. De carácter impulsivo, pero para Guido, un dios. “Yo tengo el temperamento de mi padre –dirá el obispo Conforti- pero debo mi vocación a mi madre”. A pesar de estar todo el tiempo absorto en sus trabajos, Rinaldo, cuando era domingo, enganchaba el caballo y nos llevaba en la carroza a misa, y, por la noche, nos acompañaba en el rezo del rosario.
Guido hablará siempre de su mamá como de una mujer fuerte y generosa, que cuidaba con mucha diligencia de sus hijos, grabando en ellos, más con el ejemplo que con las palabras, las verdades cristianas, y especialmente el amor a los pobres. Estos llegaban con cierta frecuencia a Casalora, sabiendo que encontrarían un plato de sopa caliente, un trozo de pan con queso y, a veces, un lugar en el pajar, para pasar la noche.
La señora Antonia confió un día a la religiosa, sor María Aste: “el Padre Guido fue siempre un buen muchacho, muy atento con los pobres. Un día estaba sentado a la mesa cuando llegó un pobre. Por el afán de correr a atenderlo, se echó encima el plato de sopa que ya le había servido”.
El muchachito, aunque no llegue a ser hacendado como su padre quería, conservará siempre los valores de la familia: el espíritu de paz, orden, dulzura, de amor, de trabajo, perdón, respeto y alegría. Al mismo tiempo los valores del hombre de campo: amor a la naturaleza, por los animales. “Mi padre se enfadaba cuando los peones golpeaban a los caballos”, dijo de grande.
Vida de familia, pues, con sus momentos de alegrías y de lutos, de trabajo y de fiesta, de preocupaciones y de esperanzas, tiempo de sembrar y tiempo de cosechar.


