Muy queridos hermanos y hermanas, amigos y bienechores de nuestra humilde FAMILIA XAVERIANA, con gusto y mucho orgullo quiero compartir con ustedes mi experiencia en tierras de misión.
Soy el padre Apolinar Rodríguez Rojas, natural de Salamanca, Gto. El último de 10 hijos de los señores Eusebio y María.
Sin ahondar en detalles de mi vocación misionera, me gustaría en esta ocasión compartir mi experiencia de servicio misionero en uno de los países más pobres del mundo: MOZAMBIQUE.
Llegué a esas tierras pobres en compañía de otros dos hermanos: el padre Jesús Paulo, también mexicano y el padre Fábio, de Itália, después de haber pasado un tiempo juntos en Lisboa, Portugal estudiando la lengua como primer paso antes de llegar a nuestro sueño dorado.
Era el 03 de Mayo del año 2000.
UN NUEVO DESAFÍO NOS ESPERABA:
El encuentro con una nueva lengua. En la ciudad es donde la gente habla más el portugués, pero había que estudiar el Chisena, la lengua hablada en las cuatro parroquias que los xaverianos asistimos en aquellas tierras mozambiqueñas.
Después de 6 meses de estudiar las estructuras del Chisena fuimos los tres a vivir una nueva aventura. Con aquellos estudios apenas conseguía comunicarme en lo mínimo, saludar, preguntar ¿cómo estás? ¿a dónde vas? ¿qué estás haciendo? etc. Personalmente me sentí como cuando tienes la experiencia de ser lanzado al agua sin saber nadar.
Pero poco a poco me fui adentrando en la nueva realidad, aprendiendo y comprendiendo más la lengua, la cultura, la historia y las costumbres de los Masena.
Me sentí como vuelto a nacer. Poco a poco fui dando mis primeros pasos, muchas veces solamente escuchando las conversaciones de aquella gente sin entender nada, apenas alguna palabra de las que iba aprendiendo en el día a día.
Poco tiempo estuvimos juntos los tres padres que veníamos desde Portugal, pues era necesario iniciar los trabajos de una nueva Misión abandonada desde los tiempos de la guerra civil (hacía 25 años). Se localizaba apenas a 40 km de Chemba y nos dividimos en dos grupos: Los padres Fábio, César y Chuy fueron para Sena, y yo me quedé en Chemba junto con el padre Bruno (Él y padre César habían llegado dos años antes)
Pues manos a la obra. Ante la presencia de los nuevos misioneros algunos papás pidieron hospedar en la Misión a sus hijos que no tenían escuelas en sus aldeas y la única oportunidad de terminar los estudios de primaria solamente podía ser en Chemba y al lado de los padres.
Era el año 2000 cuando le abrimos las puertas a un pequeño grupo de 17 niños, todos de 4° y 5° año, después tuvimos hasta el 6° año.
Los desafíos de la educación eran grandes, pues no existía una sola escuela secundaria en 200 km a la redonda. Entonces la pregunta era: ¿después de terminar la primaria qué?
El padre Bruno y yo nos sentábamos en las noches bajo un espléndido cielo estrellado a platicar, a comer frutos silvestres y a pensar en el futuro de aquellos niños y jóvenes de la región. No dudamos en decidir la fundación de una escuela secundaria y si fuera posible hasta la preparatoria. Gracias a Dios y a la ayuda de muchos bienhechores e instituciones de la iglesia las obras se concluyeron en el 2002 y con la colaboración de las autoridades locales y provinciales la escuela secundaria dio inicio con 80 alumnos, 40 eran de nuestro internado. No vale la pena contar el stress que causaron todas estas obras.
En el 2003 ya teníamos 100 jovencitos en nuestro internado y en el 2004 eran 162.
Los recuerdo a todos, con sus rostros y con sus nombres como si hubiera sido ayer.
Con tanto joven de secundaria y preparatoria formé tres equipos de futbol, dos de estos participaban en la liga distrital y tuvimos algunos primeros lugares.
Entre los empeños por el estudio, la alegría de los juegos en las canchas y la disciplina en reglamento del internado se iba regando también cada día la semilla del Evangelio.
Aquellos niños se tornaron hombres, la mayoría de ellos tienen hoy una profesión, pero lo más bonito es que casi todos abrazaron la fe, conocieron la Biblia y la doctrina católica y hoy siguen comprometidos en sus comunidades o parroquias en algún ministerio laical. Sin olvidar de aquellos que hoy son sacerdotes y otros que ya se preparan en el seminario para la vida religiosa, sacerdotal y misionera.
Así entre las 70 y más comunidades que atendíamos a lo largo y ancho de aquel territorio parroquial, también era necesario dar atención a estos 162 jóvenes que vivían con nosotros y que tenían la necesidad de conocer la Palabra de Dios, la Iglesia y a los sacramentos de la Iglesia.
Aprovecho el espacio para agradecer a todos ustedes que hace unos años atrás también dedicaron la ayuda de la CUARESMA MISIONERA para la construcción de un internado de niñas, una sala de informática en nuestra escuela y una sala multiusos en Mozambique.
Gracias, muito obrigado, Takuta maningui



