Unas cuantas mujeres, cargando con toda su tristeza, van hacia un sepulcro. Serán los últimos detalles para una sepultura definitiva de su maestro y Señor. Ese Señor que han buscado, servido, escuchado, amado, a lo largo de los polvorientos caminos de Palestina por tres años. Despedida definitiva. Habían esperado en tiempos mejores, en una salvación definitiva de la humanidad. Y ahora está ahí, muerto, encerrado en una oscura y fría tumba; ahí está, encerrado, ese cuerpo ultrajado, escupido, martirizado, crucificado que tanto amaron. Todo se acabó.
El caminar cansado las está llevando a esa tumba. Pero esa tumba aparece abierta; la pesada piedra, puerta de tumba, no está en su lugar; la tumba aparece abierta de par en par. Las mujeres aceleran sus pasos, entran a la tumba, vacía. ¿Dónde está el cuerpo? ¿Quién se lo llevó? ¿Quién lo robó? Misterio angustioso.
Las sorprende, a las mujeres, la voz de hombre resplandeciente. Pregunta que retumba por toda la eternidad. ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Y el desconcierto aumentó con esa voz que sale de la luz: No teman, no tengan miedo; sé que buscan a Jesús, el crucificado, no está aquí, ha resucitado. Vean el lugar donde lo pusieron. Ya no está aquí.
Y ellas, las mujeres, salieron huyendo del sepulcro; un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas. Las mujeres pasan del triste camino hacia el sepulcro a la alegre carrera hacia los demás discípulos, para decirles solo una cosa: el Señor ha resucitado.
También el hombre de hoy, veo sobre todo tumbas selladas: nuestras desilusiones, atenazados por el dolor, oprimidos por la tristeza, humillados, ¿por qué no?, por nuestros pecados. ¿Cuántas veces hemos experimentado la fatiga? ¿cuántas veces nos hemos sentido impotentes y desalentados ante el poder del mal? ¿cuántas veces hemos deseado la paz y nos vemos rodeados de guerras? Y nos quedamos fríos y ausentes frente a nuestras tumbas.
Esas mujeres, en cambio, el día de ascua, no se quedan paralizadas frente a una tumba. Así atemorizadas, pero llenas de alegría, se alejan de la tumba y corren rápidamente para cumplir su misión. Salir de lo escondido para abrirse a la misión; se escapan del miedo para caminar hacia el futuro, futuro de esperanza; miran el futuro con confianza, porque Cristo resucitó y cambió el rumbo de la historia. Con la resurrección de Jesús de Nazareth tenemos la inauguración de una nueva creación, elemento fundamental y signo luminoso de esperanza… Con esta muerte en cruz, todo cristiano y no cristiano, tomará en su interior la confesión del oficial romano: “Verdaderamente éste es el hijo de Dios”.
Se descubrirá entonces que en este cambio de historia, Dios no es un ser lejano no interesado en la ventura humana, a quien no le importa el dolor, el sufrimiento de los inocentes, sino que es un Dios cercano, participe de los sufrimientos, alegrías, dolores, éxitos de los humanos; que te conoce mejor que nadie y que te ama más que nadie. ¿Vale la pena, entonces, celebrar la Pascua?


