La consigna de Juan Pablo II a todos los cristianos es: “Ya no es tiempo para vivir avergonzados del Evangelio. La fe se fortalece dándola, hay que salir a las calles y a las plazas y comunicar a todos el mensaje de salvación.” Y en este contexto, en este año celebramos el año de la fe como una ocasión para fortalecer nuestra amistad con el Señor y nuestro camino como iglesia que anuncia el Evangelio con valentía.
San Guido María Conforti decía en un día de jornada sobre la propagación de la fe y la santa infancia en 1904 que: «Mientras que los impíos trabajan a más no poder para expulsar la Fe de nuestros pueblos, nosotros debemos poner nuestro ardor para que la fe triunfe y que de todos se forme un sólo redil y un sólo pastor, y que en todas las lenguas y pueblos ensalcen al Dios tres veces santo».
Y en un discurso religioso misionero en octubre de 1925 decía en Roma: «El Sacerdote es esencialmente misionero, y los triunfos de Cristo entre los pueblos no cristianos preparan los triunfos de la Fe también en medio de nosotros, que tenemos el dolor de verla languidecer en tantas mentes y en tantos corazones, influenciados por innumerables causas de corrupción».
Conforti tiene claro que la fe es un don que debe ser compartido especialmente con aquellos que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo y anima desde Parma en 1918 diciendo: «Que no les desagrade ocuparse de la fe entre aquellas personas que juzguen dispuesta para atraerles las bendiciones de Dios, de modo que ésta prospere y se fortalezca entre los que se afanan por compartir sus efectos benéficos con los que no la poseen».
Llevar el evangelio es proponer la verdad evangélica y salvadora ofrecida por Jesucristo, con mucha claridad, pero con respeto hacia las opciones libres que luego pueda hacer la experiencia maravillosa del encuentro con Jesucristo. «La fe debe encender en el corazón del cristiano un santo ardor por la defensa y propagación de nuestra Religión. En el mundo, se ha desatado una guerra feroz en contra del Cristianismo. Sus enemigos, todos de acuerdo, lo persiguen. Quien quiere modificarlo y quién destruirlo. Otros lo atacan en su Iglesia y en su Jerarquía, otros en sus doctrinas, en su culto, en su historia. Por un lado calumnias y mentiras, por el otro abusos y violencias; la prensa lo denigra, la escuela lo vilipendia, la plaza lo insulta, ¿quién se levantará para defenderlo? Lo cierto es que Dios, el cual ha prometido a la Iglesia su asistencia y que pronunció la gran palabra: “Las puertas de la muerte jamás podrán vencerla” (Mt. 16,18), no tiene miedo de semejantes asaltos. Pero con todo y eso, no nos ha dispensado para nada de tomar parte en la lucha; es más, quiere que, como sus colaboradores y soldados, conquistemos la corona luchando valientemente en defensa de la más santa de las causas.
Todos debemos cooperar para conformar un laicado que influya donde el Sacerdote no puede hacer escuchar su voz, ni ejercer su apostolado. En las familias, en los ayuntamientos, en los despachos públicos, en las escuelas, en el ejército, en los talleres, en las tiendas, en el campo, por todas partes. Con prudencia y caridad para mejorar el entorno en que viven, repeliendo calumnias, contestando objeciones, enderezando juicios erróneos, corrigiendo errores, difundiendo buenas lecturas, dando buenos consejos, animando a la práctica de las virtudes. No es sólo un deber, sino una necesidad, si es que ama lo que para él es lo más sagrado y valioso». (Parma 1909)
En conclusión, la fe necesita nuestra respuesta personal de poner nuestra confianza en Dios y vivir su amor agradecidos por su misericordia. En este esfuerzo la oracion es una de las dimenciones de cooperacion misionera, y por tanto, un elemento que hay que tomar en serio, si queremos que nuestro servicio a la evangelizacion sea eficaz.


