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Rafael Aguilar Flores sx

Reina elevada al Cielo

El 15 de agosto celebramos la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, el triunfo sobre la muerte de aquella que siempre confió en Dios. Desde que fue invitada a participar en el Plan Salvífico del Padre hasta tener que sufrir la muerte trágica e injusta de su Hijo Jesús, María es aquella que se pone al servicio de quienes la necesitan, como Isabel. Es la misionera que porta en su vientre, entre las montañas de Judea, al mismo Dios hecho ser humano. Es esa mujer que con un saludo logra arrancar esta bella y sublime frase: "¡Dichosa tú por haber creído que ha de cumplirse la Palabra del Señor!" (Lc 1,45). Pues gracias a esa fe inquebrantable, fuimos redimidos por el Amor y somos hijos de un mismo Papá que nos da la Vida Eterna.

En el canto del Magnificat (Lc 1, 46-55) vislumbramos los sentimientos y actitudes que experimentaba la Madre del Salvador. En primer lugar su humildad, al reconocer y alabar que Dios es Grande. Enseguida muestra su alegría, porque Dios se ha fijado en su pequeñez y desde ahora será engrandecida por medio de Dios, porque Él ha hecho maravillas por medio de ella. La Virgen nos comparte su fe en el Dios de Jesús, un Dios a quien desagradan los orgullosos y los poderosos, un Dios que ayuda y acompaña a su Pueblo y practica la misericordia porque así lo prometió. 

Aunque la Asunción de la Virgen María no se encuentra en los libros canónicos de la Biblia sino en algunos apócrifos titulados Transitus Mariae de los siglos I y II d.C., sí podemos encontrar dos asunciones bíblicas como la de Henoc quien trató con Dios y después desapareció porque Dios se lo llevó (Gn 5, 24) y la del profeta Elías quien fue llevado al cielo en un carro de fuego (2Re 2,11). También existe un libro apócrifo que relata la asunción de Moisés y que al igual que Henoc, Elías y la Virgen María fue llevado en cuerpo y alma al lugar donde está Dios.

La Asunción de la Virgen nos invita a reconocer que no hay fin para aquellos que aceptan y cumplen la voluntad de Dios. Es la prueba más grande de que Dios no abandona a quienes en Él confían. María es llevada al cielo para estar siempre con Dios, por haber aceptado ser la Madre de Jesús, porque en ese firme “SI” se configuraron todos esos sufrimientos y alegrías que ella guardaba en su corazón (Lc 2, 19). Sólo ella es capaz de comprender el gran Amor que Dios nos tiene, porque ella es la portadora de ese Amor. 

Vivamos con fe este dogma de nuestra Iglesia Católica siguiendo el ejemplo de la Virgen María, dejándonos convencer para participar en el Plan de Dios y anunciando como ella a ese Padre Amoroso que quiere que seamos una sola familia en Cristo.