Con frecuencia escuchamos la frase “los tiempos cambian” y lo argumentamos hablando de la tecnología, las conductas de las personas ante los acontecimientos que forman parte de la vida cotidiana, en particular lo notamos en los niños, adolescentes y los jóvenes. Vemos cambios en el lenguaje, los puntos de vista, la manera como se conceptúan las cosas; hay un entendimiento o conceptualización de la realidad distinta a la que estábamos acostumbrados. Tomando las palabras de Byung-Chun Han “se estimula el libre despliegue de la personalidad, la legitimación del placer, el reconocimiento de las peticiones singulares y la modelación de las instituciones en base a las aspiraciones de los individuos y la permisividad seduce.”
En el ámbito de la fe, el creyente retoma desde su reflexión, la misión de la Iglesia y busca entenderla con claridad ante esta metamorfosis social; identificar la incidencia que tiene el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo en este devenir histórico nuestro, que se traduce en la conducta y decisiones que se toman y se traducen en un estilo de vida concreto. El cristiano que se proclama fiel seguidor de Cristo que se mueve y se conmueve ante la Palabra de Dios, asume los valores del Evangelio, que a través de su presencia frecuente a los sacramentos, misa dominical y la reflexión seria de la Fe y estudio de la Sagrada Escritura, se ve motivado año con año a retomar el camino de una Iglesia misionera.
Por encima de cualquier cambio social, las personas en el plan de la salvación, que Dios nos regala en la persona de Cristo sigue siendo el mismo: llamados siempre a construir y desarrollar una vida digna personal y comunitariamente en dirección a una vida plena, entendida una vida eterna en Dios. Esto implica que el cristiano en la actualidad como en todos los tiempos debe interesarse en conocer con profundidad y amar su fe, los valores del Reino de Dios, y compartirlos con sus semejantes y apoyar a que lleguen a pueblos lejanos; es decir el Espíritu misionero del bautizado, seguidor de Cristo, llega interesarse en compartir la fe, porque la conoce y la ha experimentado.
Una iglesia misionera, supone cristianos que saben donde están parados desde su Fe, porque la viven, la alimentan y la han experimentado; esto va más allá de cristianos de masa o por una tradición socio religiosa. Una sociedad de cambios en muchos aspectos, personas, edades, organización, lenguajes, requiere hombres y mujeres conocedores de Cristo, de la misión de la Iglesia, no poner atención en los que traicionan su fe o la infidelidad de sus vidas. Este año el “Domund”, Domingo mundial de oración por las misiones, oremos a Dios por una Iglesia comprometida con su historia y su tiempo y que el Evangelio llegue a toda criatura en este mundo.
“Qué hermoso es ver sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que anuncia salvación” (Is 52,7).



