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P. Gerardo Custodio

La espiritualidad misionera y los medios de comunicación (Parte I)

Zygmunt Bauman, sociólogo y analítico de la “sociedad líquida” dice que hoy todo está en cambio permanente. Así como los líquidos son incapaces de mantener una forma, de esa manera las instituciones, las creencias, cambian antes que tengan tiempo de solidificarse en costumbres, hábitos y puntos de referencia. En la sociedad de hoy en día hay confusión para distinguir entre lo que es “sólido” y lo que es “líquido”, entre lo que es central y lo que es periférico.

En poco tiempo la realidad que existía se alteró y nuestras preocupaciones cambiaron. Las instituciones religiosas proponían un conjunto de exigencias relativas a la fe y al comportamiento, encontrando una aceptación social. Hoy, los individuos deciden libremente respecto del tipo de religión o quedarse sin ella, acuden a una u otra sin importar mucho lo que enseñan. Se sufre el impacto de esa nueva mentalidad, dejando de ser significativa, con tal que sea del agrado del individuo.

El mundo vive del consumismo, al mismo tiempo que algo es comprado, en seguida es desechado. La modernidad lleva a un fuerte individualismo, al libre pensamiento y pide la reivindicación de derechos, más que responsabilidades. Esto afecta mucho a los jóvenes, sobre todo cuando empiezan a negar toda trascendencia produciendo una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación, especialmente en las primeras etapas, y afecta hasta la propia manera de entender a Dios y la espiritualidad misionera y los medios de comunicación propia vida (Cf. EG, 64). Los valores que antes visualizamos perenes y sólidos ahora son relativos, transitorios, subjetivos, emocionales…

¿Qué ha llevado a este rápido cambio? En gran parte se debe a las nuevas tecnologías. La llegada del internet, celulares, redes sociales… influencian a la sociedad trayendo cambios de modelos de vida que simplemente son recibidos y asimilados, sin posibilidad de réplica. El internet modifica el comportamiento y la ética, especialmente a los llamados nativos digitales, que saben todo sobre tecnología, videojuegos… Ellos hablan con naturalidad el idioma digital, como si fuera su propia lengua materna. Todo lo absorben sin pasarlo por un filtro definido de valores…

Su mayor necesidad es aparecer y ser visto, lo que alimenta una tendencia a la autopromoción. Estar en la red significa “existir”, aparecer y ser reconocido. Es lo que explica el éxito de las “selfies”, buscando el exhibicionismo y la aprobación digital. Ellos son víctimas vulnerables del sistema, manipulados para sustentar el consumismo, comprando no por necesidad sino por impulso. La velocidad de las transformaciones creó el paradigma de lo efímero. Todo se presenta como transitorio, las relaciones humanas son temporales, los matrimonios son provisionales, el trabajo es circunstancial, los acuerdos son también momentáneos. Se vive un clima de incertidumbre y miedo en cuanto al futuro.

Ante esto, muchos valores tradicionales son cuestionados; los valores estables y durables de los padres tienen poca oportunidad de ser entendidos en la vida fragmentada de los jóvenes que viven en episodios, desconectados y distraídos del mundo real. Se da mucha importancia a la relación en red. Las amistades pueden ser creadas virtualmente, a través de Instagram, Tik Tok, WhatsApp, Facebook, mensajes y por chat, pero éstas también pueden deshacerse y borrarse en cualquier momento. Las personas no saben qué es mantener una relación a largo plazo, prefieren encontrarse por internet que personalmente, así cuando ya no les interese, simplemente “deletan” y desaparecen. (continuará).