Skip to main content
P. Juan Juárez s.x.

Dar gracias al Señor

Cierto día un poderoso sultán decidió ir a visitar a su hermano, durante el trayecto se detuvo en un oasis. Mientras estaba descansando llegó un anciano y comenzó a cavar un hoyo en la arena, para sembrar una pequeña palmera. El sultán extrañado se acercó y le preguntó: “Oye anciano, ¿para qué plantas esa palmera? Tardará mucho en crecer y dar frutos. Tú ya no podrás comerlos y no sabrás quién se beneficiará de ella”.

El anciano le contestó: “¡Oh, Sultán! nosotros comimos de lo que otros plantaron. Plantemos para que otros puedan comer”. El sultán, al darse cuenta de su actitud tan generosa, decidió darle 100 monedas de plata. El anciano las tomó y le dijo: “¿Ha visto qué pronto dio frutos la palmera?” El sultán sonrió, y asombrado ante la sabiduría del anciano, le dio otras cien monedas de plata. El anciano las volvió a tomar y dijo: “Lo más extraño, Sultán, es que las palmeras solo dan fruto una vez al año y esta palmera, sin embargo, me ha dado ya dos veces frutos en apenas cinco minutos.”

Quién de nosotros, aun sin expresarlo, no se ha molestado por una persona que se ha metido en la fila o por aquel dependiente de la tienda que continúa hablando por teléfono mientras nos “atiende”. Situaciones así expresan, el peligro que tenemos los seres humanos de pensar solo en nosotros mismos.

Afortunadamente, en nuestro mundo también existen personas que, de manera muy normal, hacen el bien a los otros sin esperar recibir nada a cambio, aun cuando no salgan en las redes sociales, son más frecuentes de lo que pensamos, y desgraciadamente muchas veces no los valoramos. Nos podríamos preguntar, por qué algunos son generosos y otros no, es cuestión de carácter, de educación, de historia personal…

San Pablo sabiendo que los cristianos de Judea estaban pasando hambre, se une a la propuesta de hacer una colecta para ayudarlos, y para motivar a las comunidades a que se unieran a esta iniciativa, les recordaba el ejemplo del Señor Jesús que “siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”, sabiendo que “Dios no olvida al que da con alegría”.

Con nuestra generosidad Dios puede seguir haciendo milagros, como aquel niño del que habla el evangelio, que, al poner sus cinco panes y dos pescados en las manos de Jesús, pudieron dar de comer a más de cinco mil personas. Jesús en su generosidad sigue dando de comer no solo a cinco mil personas, sino a millones a través del pan que es transformado en su cuerpo y que nos invita a darnos nosotros mismos a los demás y a no pensar que cuando compartimos perdemos, sino al contrario, la generosidad es la que evita que las cosas se adueñen de nosotros y que como dice aquel refrán singalés lo que hagas por otros te dará frutos.

Creo que participar de la eucaristía no debería ser solo por obligación, sino como su nombre lo indica, es reconocer y dar gracias al Señor porque no ha podido ser más bueno con nosotros, al darnos un sinnúmero de regalos en nuestra vida. Ver cómo Jesús se hace presente en el pan que se parte y se comparte, nos debería animar a nosotros a hacer lo mismo con los demás, para reconocer y agradecer lo que hacen por nosotros.

En este sentido, quisiera agradecer a los que en estos seis años que he sido director de esta revista, de diferentes maneras han apoyado para su publicación, distribución y a los lectores que han recibido nuestras reflexiones. ¡Muchas gracias!