El mes de mayo, los cristianos católicos, lo dedicamos a María para contemplar, admirar y resaltar la grandeza de su humildad, su disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios en su vida y, en beneficio de la humanidad entera. Así mismo, no podemos dejar de reflexionar sobre su vocación, considerándola un verdadero modelo para todos los jóvenes de nuestro tiempo.
En María podemos contemplar una predisposición hacia Dios que le permite dejarlo entrar en su vida y así Él pueda actuar en su corazón para que pueda moldearlo y adaptarlo de acuerdo con su plan.
Esa disponibilidad se expresa en su capacidad de escucha, en su paciencia para vivir un proceso lento en el que puede aclarar las dudas que surgen en su corazón, y sin llegar a tener todo solucionado, María se pone en camino dando un sí decidido a la propuesta de Dios, a través del ángel Gabriel. Los momentos que cada día dedicaba para hacer oración, le han ayudado a escuchar la voz de Dios a través del ángel que va a su encuentro.
Muchos de nuestros jóvenes, a diferencia de María, no están acostumbrados a hacer oración. Se acercan a Dios solo cuando tienen que participar en un sacramento, algún retiro o cuando tienen alguna dificultad y quieren que Dios les ayude a darle una solución. Pero uno vez pasada la dificultad, abandonan la oración para el momento que les nazca o tengas ganas de hablar con Dios.
Por lo tanto, si queremos ayudar a nuestros jóvenes a estar disponibles para un encuentro vivo con Cristo resucitado que envía a la misión, lo primero que se tiene que hacer es que descubran el valor de la oración y busquen el tiempo para hacerla, no de manera interesada para obtener algún beneficio, sino simplemente estar en su presencia, crecer en confianza para poner su vida en las manos de Dios y pueda disponer de ella como crea más conveniente.
Conviene decir que responder a la propuesta o llamada de Dios, para nadie en la historia de la salvación ha sido fácil. Al contrario, decir sí a Dios con convicción y entusiasmo desde el principio parece imposible, pues la misión que Dios propone parece grande y comprometedora. La Virgen María lo expresa muy bien con la pregunta que le hace al ángel: “¿Cómo puede ser esto posible, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34).
De hecho, cualquier misión que Dios pide sería imposible, si para realizarla tan solo dependiera de las fuerzas de la persona que es llamada, pero siempre hay este salto de calidad que muestra la verdadera dimensión de cualquier misión que surge del corazón de Dios: “No temas porque yo estoy contigo.” (Cfr. Is 41, 10-13).
Queda claro que el único protagonista de la misión es el Espíritu Santo, lo que Dios nos pide es disponibilidad para dejarnos mover por Él y dar una respuesta semejante a la de María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1:38). En otras palabras, Dios realiza una alianza de amor personalizada, con cada uno de nosotros sin dejarnos solos en el cumplimiento de nuestra misión.
Cuando Dios ha obtenido una respuesta positiva a su propuesta, nos envía a la misión, recordando que la palabra envío viene de una palabra latina que significa “ponerse en camino”. Pero no vamos solos ni por cuenta propia, sino siempre acompañados, iluminados y fortalecidos con la presencia del Espíritu de Dios, que nos hace partícipes de la única misión encomendada a la Iglesia, de tal forma que no podemos hablar de una vocación específica cristiana sin considerar el gran mandato encomendado a su iglesia desde sus orígenes, teniendo a María como el centro de la figura maternal entre los apóstoles: “vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda creatura” (Mc. 16, 15).



