Al finalizar la misa del domingo de pascua, el papa Francisco, antes de dar la tradicional bendición “urbi et orbi” (Para Roma y para el Mundo) desde el balcón central de la basílica de San Pedro, también llamado “el balcón de las bendiciones”, dirigió un mensaje.
El Papa mencionó que el Cristo que fue crucificado, es el mismo que resucitó y que se presentó deseándoles la paz a aquellos que lloraban por Él, encerrados en sus casas, llenos de miedo y angustia. Como los discípulos, también nuestras miradas parecen incrédulas ante esta pascua en medio de la guerra donde muchos hermanos han tenido que esconderse de las bombas y nos lleva a preguntamos si realmente Cristo ha resucitado.
El Santo Padre afirmó que la resurrección de Jesús no es una ilusión, hoy más que nunca resuena el anuncio pascual tan querido para el oriente cristiano: “¡Cristo ha resucitado! Este mensaje ha resonado aun en medio de la necesidad que se tiene de finalizar una “cuaresma” que parece no terminar debido a la pandemia vivida los dos últimos años y que ha dejado marcas profundas. Se tiene necesidad del Crucificado Resucitado para creer en la victoria del amor, para esperar en la reconciliación, lo necesitamos para que poniéndose en medio de nosotros nos vuelva a decir: “La paz esté con ustedes”. Solo Él puede hacerlo porque Él lleva nuestras heridas a causa de nuestros pecados, de nuestra dureza de corazón, del odio fraticida.
Hizo la invitación para que cada uno, “¡dejemos entrar la paz de Cristo en nuestras vidas, en nuestras casas y en nuestros países!” para que haya paz “en la martirizada Ucrania, en Oriente Medio”, “en los pueblos del Líbano, de Siria y de Irak”, “Libia y en Yemen”; para que “el Señor resucitado dé el don de la reconciliación a Myanmar, y para Afganistán” y “haya paz en todo el continente Africano, para que acabe la explotación de la que es víctima y la hemorragia causada por los ataques terroristas en zonas del Shael, la grave crisis humanitaria de Etiopía y República Democrática del Congo”. Y para “que Cristo Resucitado acompañe y asista a los pueblos de América Latina, que se han visto disminuidos a consecuencia de la pandemia, casos de criminalidad, violencia, corrupción y narcotráfico”.
Creo que este discurso del Santo Padre nos motiva a seguir creyendo en el Cristo crucificado y resucitado, para dejarnos moldear el corazón y no aferrarnos a la dureza de corazón que llevó a Caín a eliminar a su hermano a causa del odio y la envidia. Es una invitación a disponer nuestro corazón para escuchar con obediencia ese deseo de paz de Cristo para el mundo entero, que es a la vez nuestra tarea misionera.
Algunos creían que con la pandemia aprenderíamos a ser más solidarios y compasivos. Al contrario, los distintos conflictos del mundo que el Papa mencionó en su discurso nos pueden llevar a pensar que las cosas nunca van a cambiar. Pero para nosotros los cristianos sabemos que no es así, Cristo que carga nuestras heridas en su cuerpo glorioso, nos anima a encontrar motivos y fuerza para luchar por un mundo mejor, un mundo donde se viva la paz verdadera en la fraternidad.
El discurso del Papa nos invita a seguir unidos en la oración, sin dejar de esforzarnos, sabiendo que la paz “¡es la principal responsabilidad de todos!” y el primer paso para conseguirla es viviendo el perdón y la reconciliación.



