Una buena lección de cómo se puede vivir la sinodalidad, la encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles; no solo en un episodio, sino en varias acciones narradas en dicho escrito. El libro empieza precisamente con Jesús reunido con sus discípulos, dándoles la instrucción de esperar en Jerusalén hasta recibir el Espíritu Santo, para ser sus testigos ahí, en todo Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra (cfr. Hch 1,4-8). Son las últimas instrucciones de Jesús sobre lo que harán juntos, guiados por el Espíritu Santo que recibirán.
La primera acción, ya sin Jesús y antes de recibir el Espíritu Santo, es una reunión de “unos ciento veinte” hermanos donde Pedro toma la iniciativa, basándose en la Palabra de Dios, para completar el número de los Doce (cfr. Hch 1,15-22). Es una reunión de los discípulos que, escuchando a quien consideran el nuevo guía e iluminados por la Sagrada Escritura, nombran a dos candidatos que reúnen los requisitos y echan a suertes para indicar que Dios es quien escoge: es la sinodalidad en su plenitud, juntos guiados por un responsable aprobado por todos, escuchando a Dios.
La sinodalidad no solo se manifiesta en las reuniones donde toman las decisiones importantes, sino también en la práctica concreta de la vida, tal y como nos lo relata Hch 2,42: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones». En los siguientes versículos el autor detalla algunas de esas acciones para demostrar la unidad en la que viven los discípulos y la aprobación que ese estilo de vida despierta en las demás personas. Dichas acciones son: instrucción recibida de los Apóstoles, el compartir para que no haya pobres, la fracción del pan o Misa, como la llamamos nosotros, y la oración.
El camino juntos no siempre es un paseo hermoso, sino que tiene sus obstáculos y hay que superarlos unidos entre sí y con Dios. Una primera dificultad nos la presenta el capítulo cuatro, después de la curación del tullido que pedía limosna a la entrada del templo, Pedro y Juan son arrestados y llevados ante los jefes de los judíos, los cuales les prohíben hablar de Jesús de Nazaret y después de amenazarlos, los soltaron. Ellos cuentan a los suyos lo que les pasó y todos elevan a Dios una oración, no para que los libre de la persecución sino más bien para que puedan predicar su Palabra con valentía. En la sinodalidad se comparten las preocupaciones y amenazas, uniéndose todos en oración.
El capítulo seis nos presenta otra dificultad: la atención a las viudas no se hace equitativamente; quienes se dan cuenta del problema lo someten a los Doce y estos convocan a los discípulos, determinando que se escojan a siete hombres de entre los creyentes de origen griego para atender a sus viudas. La solución se busca juntos, guiados por los responsables de la comunidad.



