Qué tal misioneros lectores, los saludo con alegría en este mes pascual, donde las flores embellecen el paisaje y logran comunicarnos con su esplendor y majestad que ¡Cristo Vive! En nuestro caminar hacia el crecimiento pleno como seres humanos avanzamos con firmeza y esperanza de la mano de la Palabra del Señor.
Las lecturas de este tiempo litúrgico nos guían para ir comprendiendo en nuestros corazones que la muerte no tiene la última palabra. Desde la Vigilia Pascual, cuando escuchamos la frase “no está aquí, ha resucitado” (cfr. Lc 24, 6), una de las más bellas de la Sagrada Escritura, pues es el signo de la victoria de Dios, la victoria del Amor, y proporciona paz y consuelo a los que experimentamos rabia, dolor e indignación ante la injusticia que Jesús padeció.
Jesús regresa con sus amigos de una manera totalmente distinta, transformado en un ser de amor y compasión, sin rencores, sin historias, solo con el deseo de estar con ellos. La primera palabra que les regala es “shalom” (שָׁלוֹם), paz, bienestar, bendiciones, el saludo que abre la relación, la tranquilidad de que todo estará bien, que Él está bien, está vivo y sin rencores, a pesar de que lo habían traicionado, Él está ahí para volver a empezar (cfr. Jn 20, 19).
Y en el camino de Emaús (cfr. Lc 24, 13-35), los dos discípulos desconsolados, desesperados, sin esperanza, son incapaces de reconocer al Resucitado. Él, muy pacientemente, les vuelve a explicar las Escrituras para que se abra su entendimiento y puedan resetear su vida. Interesante notar que cuando Jesús les hace viva la Palabra y sobre todo cuando parte el pan, se les abren los ojos, logran reconocerlo y recuerdan que sus corazones ardían cuando les explicaba las Escrituras.
Cuando perdemos a alguien a quien amamos mucho, podemos experimentar un estado de shock que nos paraliza y nos confunde, como posiblemente lo vivieron también los seguidores de Jesús. Sin embargo, sabemos que la muerte es parte de esta vida y que todos en algún momento seremos sujetos de este acontecimiento y lo único que vence a la muerte es el amor. De hecho, hay algunos que dicen que la palabra amor deriva de a-mortis que significaría “no-muerte”.
Más allá del origen de la palabra, el amor es el motor que nos impulsa a seguir caminando, el amor a nosotros mismos, a nuestra familia, a los que nos rodean, incluso el amor que le tenemos a la persona que hemos perdido, ese amor siempre permanecerá y nunca, nunca morirá.
El Señor nos invita a ponernos en camino con la firme convicción de que Cristo Vive y podemos encontrarlo en los que sufren, en los que no se rinden ante las dificultades de la vida, en los niños que sonríen, en las obras de misericordia y especialmente en nosotros mismos. Solo necesitamos remover la piedra que nos impide comprobar que Él ha resucitado. Esa gran piedra solo se remueve con amor y servicio para sentir arder nuestros corazones cuando juntos escuchamos la Palabra de Dios.



