Se cuenta que Karol Wojtyła, quien al ser electo papa tomaría el nombre de Juan Pablo II, en una ocasión, siendo obispo auxiliar de Cracovia, durante una de las visitas pastorales a un pueblo de la diócesis, un niño fue elegido para darle el tradicional discurso de bienvenida. Como el niño hablaba muy quedito, el obispo Wojtyla le pidió que hablará un poco más fuerte porque no lo oía. El niño le respondió: “¿Por qué no te inclinas para que me escuches?” El futuro Papa se inclinó para escuchar con atención lo que decía el niño.
Durante la misa, al momento de la homilía Karol comentó: “Al comienzo de mi visita, uno de los más pequeños de su comunidad parroquial, me recordó que tengo que inclinarme si quiero escucharlos”.
Hay quienes, para trabajar o hacer ejercicio, el aseo de la casa o estudiar escuchan música o algún programa, incluso hay quienes durante la comida tienen encendida la televisión. Se podría decir que vivimos en un mundo de voces.
Estamos tan acostumbrados a este ambiente, que cuando llegamos a un lugar donde es necesario hacer silencio, no sabemos qué hacer. Por tanto, no es de extrañar que algunas personas cuando llegan antes al templo para alguna celebración comiencen a hablar o después de la comunión, cuando el sacerdote no acaba de purificar los vasos sagrados, el coro comience otro canto, en lugar de dejar silencio para la oración personal.
Sin embargo, aun cuando no esté de moda, el silencio es muy importante en nuestra vida, y no solo aquel silencio que se podría definir como ausencia de ruido, sino también el silencio interior que nos permite conocer nuestro corazón, estar en paz con nosotros mismos y escuchar la voz de Dios. El silencio nos ayuda por ejemplo a dialogar, pues si no estoy acostumbrado a estar en silencio me será más difícil escuchar al que me habla, sea una persona o Dios.
Si miramos con atención, muchos de los conflictos surgen precisamente por no saber escuchar, como los malentendidos, las discusiones que no llevan a nada, la no valoración del otro, no sin razón decía un autor: No escuchar al que nos habla, no solo es falta de cortesía, sino también menosprecio.
Como cristianos nos podríamos preguntar si realmente le damos valor al momento en que es proclamada la Palabra de Dios durante la misa. Hay quienes están de cuerpo presente, pero su mente está en otro lado. Un día una persona le preguntó a un sacerdote sí le valía la misa porque había llegado después del Evangelio. La respuesta del sacerdote fue: “Yo creo que si te vale porque no llegas a tiempo”.
En su prólogo al Evangelio san Juan nos dice que la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Quizás de vez en cuando deberíamos recordar la pregunta que hacía aquel autor ¿Tan especial te crees para que te escuche la gente? para seguir el ejemplo de Jesús ya que muchas veces el pensar solo en mis problemas, en mis preocupaciones, en mis intereses, no me permite ver las necesidades de los demás. De vez en cuando deberíamos inclinarnos ante Dios y guardar silencio para dejarlo hablar a Él, para conocer su voluntad, para que transforme nuestra vida, sabiendo que cuando desciende la Palabra de Dios, nos dice el profeta, es como la lluvia y la nieve que bajan de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra para que dé fruto.



