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P. Guillermo Jiménez s.x.

Pascua de Jesucristo, nuevo éxodo

El éxodo del pueblo de Israel, un camino juntos, inició con la cena pascual que dicho pueblo conmemoraba cada año. La nueva Pascua, la de Jesús de Nazaret, inicia un nuevo pueblo que camina unido, el de las personas que creen en Él. Es algo que profetizó Caifás mientras discutían sobre la muerte de Jesús, diciendo «que Jesús iba a morir por la nación, y no solo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.» (Jn 11,51b-52). Un capítulo después será el mismo Jesús que dirá: «Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

La unidad del pueblo de la Antigua Alianza viene por los lazos de sangre, puesto que todos son descendientes de Abraham, de Isaac y de Jacob, mientras que el pueblo de la Nueva Alianza encuentra su unidad en la fe en Jesús muerto y resucitado.

Jesús da su vida para retomarla nueva en la resurrección (cfr. Jn 10,17) y la comparte como vida filial y fraterna a sus discípulos al derramar sobre ellos el Espíritu Santo. No solo hace partícipes de su vida filial a los discípulos, sino que también los conforma consigo mismo mediante el Bautismo y la Eucaristía, sacramentos que traen consigo el don de la unidad entre todos los que los reciben y que son frutos de la Pascua de Jesús, captados desde los primeros siglos de la Iglesia como frutos del costado de Cristo atravesado por la lanza del soldado (cfr. Jn 19,34).

San Pablo une el bautismo a la Pascua de Jesús con estas palabras: «Sepultados con Él en el bautismo, con Él también han resucitado por la fe en la acción de Dios» (Col 2,12). Exhortando a vivir en unidad, San Pablo se expresa de esta manera: «poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (Ef 4,3-6a); en seguida hace referencia a los distintos dones que recibimos «para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4,12b-13).

Las palabras usadas por Jesús en la institución de la Eucaristía son la confirmación de que este sacramento está unido a su misterio pascual: «Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se los dio diciendo: “Este es mi cuerpo que es entregado por ustedes; hagan esto en recuerdo mío.” De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por ustedes”» (Lc 22,19-20). La unión como fruto de la Eucaristía la encontramos en 1Co 10,17: «Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan».