La sinodalidad perfecta, entendida como caminar juntos, es la que se realiza en Dios, donde vemos que las obras y palabras de Jesús de Nazaret son las obras y palabras que ha aprendido del Padre. Esa unión total es la que Jesús quisiera entre sus discípulos, para lo cual los llamó, caminando con ellos y enseñándoles cómo llegar a la sinodalidad.
Jesús sabe que no es fácil lograrlo, que somos débiles para renunciar a nuestros propios intereses, deseos, ideas para adoptar como nuestro, el camino que Dios nos pone enfrente, y por eso eleva una magnífica oración al Padre mientras deja las últimas indicaciones a sus discípulos: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu Nombre a los que me habías dado… No ruego solo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.» (Jn 17,11b-12a.20-21).
Jesús muestra el camino a seguir, incluso sus adversarios, aun tendiéndole una trampa, lo reconocen y dicen: «Maestro, sabemos que hablas y enseñas con rectitud, y que no tienes en cuenta la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios» (Lc 20,21). No solo enseña el camino de Dios, sino que, además, él mismo es el camino, afirmación que encontramos en el evangelio de San Juan 14,6, definiéndose como “el camino que conduce al Padre”.
Es muy significativo que la revelación que hace Jesús de sí mismo como “camino, verdad y vida” se encuentre enmarcada por el mandamiento que deja a sus discípulos de amarse los unos a los otros, ya que lo encontramos en Jn 13,34 y en Jn 15,12, es decir, al final del capítulo anterior y en los primeros versículos del siguiente. De esto se desprende una constatación: para caminar juntos (sinodalidad) en Jesús, que es el camino que conduce al Padre, necesitamos cumplir el mandamiento nuevo que él dejó a sus discípulos durante la última cena, «ámense los unos a los otros como yo los he amado».
Los evangelios sinópticos, sobre todo Marcos y Lucas, nos hablan de un camino que Jesús realiza de Galilea a Jerusalén. Dicho camino está lleno de enseñanzas que Jesús da a sus discípulos, muchas de las cuales son una luz para comprender cómo se concretiza el amor de los unos a los otros a la manera del amor de Jesús. No podemos escribirlas todas, pero sí podemos señalar una muy importante donde Jesús se pone como ejemplo: «el que quiera ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.» (Mc 10,43-45).



