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P. Juan Juárez s.x.

Nos ayuda a cargar la cruz

Esa noche Marta antes de ir a la cama, decidió hacer un momento de oración para pedir al Señor que le quitará la cruz que le había dado, pues sentía que era muy pesada debido a los problemas que tenía.

Mientras dormía, soñó que un ángel se le acercaba y le decía que Dios había escuchado su oración y le daba la oportunidad de escoger la cruz que quería cargar. La llevó a una habitación donde había cruces de diferentes tamaños.  El ángel le dijo que dejara su cruz en la entrada antes que eligiera la nueva que quería seguir cargando.

Marta pasó un buen tiempo buscando su cruz, no quería tomar una muy ligera, pues no quería decepcionar a Dios. Cuando mostró al ángel la cruz que consideraba que era la ideal para ella, este le dijo asombrado: “Pero si es la misma que dejaste a la entrada”.

Quién no se ha sentido desanimado, debido a los problemas personales, con la familia, en el trabajo… En esos momentos parece normal preguntarle a Dios por qué nos dado una cruz tan pesada de llevar.

Quizás, antes de hablar con Dios deberíamos hablar con nosotros mismos y reflexionar sobre cuál es la causa de los problemas que tenemos, pues es muy fácil caer en la tentación de echarle la culpa a Dios o a los demás de lo que nos sucede. Pero la mayoría de las veces no es así, incluso en aquellas situaciones que aparentemente nada podemos hacer.

Nadie desea enfermarse, pero hay ocasiones que pesar de tratar de llevar una vida sana, se pierde la salud. En otras ocasiones uno puede la salud debido al estilo de vida que se lleva o al no hacer caso a las recomendaciones del médico. En esos momentos difíciles le pedimos a Dios un milagro para que la persona se recupere.  Se podrían enumerar muchas situaciones en las cuales tal vez la solución está en nuestras manos y no hacemos nada.

Al contrario, quién de nosotros no conoce a personas que siguen luchando y no pierden la fe a pesar de tener problemas más graves que los nuestros. ¿De dónde sacan la fuerza? Probablemente su secreto está en que no viven en el pasado, no se hacen las víctimas, conocen sus defectos, su debilidad, sus límites y los golpes de la vida les han ayudado a ser más fuertes y a no sentir que el mundo se les acaba por pequeñeces.

Son personas que confían en Dios y cuando sienten la fuerza de la adversidad, tienen la humildad de hacer la misma oración de Pedro cuando sentía que se hundía, “Señor, sálvame”, pues tienen la certeza que Jesús extenderá su mano y las sostendrá. Su cercanía con Dios las hace incluso expresarse como san Pablo, "ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para su bien”. Aceptan la invitación que Jesús hacía a sus discípulos, “si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame”, con la serena certeza de que Dios no pide más allá de nuestras fuerzas y si nos lo pide, se hace nuestro Cirineo y nos ayuda a cargar la cruz.