Se cuenta que, en la antigüedad, vivían cinco ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era el más sabio, pues muchas personas iban a pedirles consejo.
Al enterarse de que habían llevado un elefante al pueblo, quisieron conocerlo y decidieron que para saber cómo era, cada uno palparía una parte del cuerpo para hacerse una idea.
Al día siguiente muy de mañana llegaron al lugar. El primero tocó una oreja y dijo que era como un gran abanico. El segundo tocó una pata y dijo: es como un árbol. El tercero tocó la cola y dijo que era como una soga. El cuarto palpó el costado y dijo que era como un muro. El quinto gritó: “¡No, no, todos están equivocados, es como una serpiente!”, porque había tocado la trompa. Comenzaron a discutir pues cada uno decía que el otro estaba equivocado.
Volvió a salir el sol y los cinco sabios seguían discutiendo cómo era un elefante, pues cada uno creía tener la razón, sin escuchar a nadie.
Se dice que vivimos en la era de la comunicación. Los medios actuales con que disponemos nos permiten contactar con personas que, hasta hace algunos años sería casi imposible, debido a la distancia o por no haberles seguido la huella. Hoy podemos compartir en el momento mismo la emoción de un evento al que estamos participando. Incluso nos podemos comunicar hasta con los aparatos, basta que yo diga “Alexa, apaga la luz”, y a mi cuarto llegará la oscuridad.
Pero, ¿de verdad vivimos en la era de la comunicación? Aun cuando los medios de comunicación nos facilitan comunicarnos con los demás, no es cierto del todo, ya que estos mismos medios se pueden convertir en una barrera para acercarnos a los demás, o en algunos casos son motivo de conflicto.
Dice la teoría que para dialogar se necesita una persona que habla, un mensaje que se transmite y una persona que escucha, pero no siempre sucede así, por esta razón muchos no pueden dar solución a una situación que no los deja vivir en paz, porque cuando se trata de resolverla, la persona no quiere afrontar la situación, o se interrumpe al que está hablando porque no se está de acuerdo con lo que dice, sin dejar que termine de exponer sus razones.
Otros factores que influyen para que no sea posible dialogar, es hablar sin pensar lo que se va a decir, creer tener siempre la razón o peor aún, convertirnos en jueces y pretender saber las motivaciones por las que actúa el otro. Si no tratamos de evitar este tipo de comportamientos, es obvio que no se puede trabajar en equipo, el no escuchar al otro no me permite conocerlo, y por tanto me puede llevar a considerarlo como un enemigo, causa de tanto dolor y sufrimiento en nuestro mundo.
Creo que deberíamos tomar en cuenta la sabiduría de Dios al crearnos, no por nada, nos dio dos orejas y una sola lengua, quizás para que escuchemos más y hablemos menos, teniendo cuidado con lo que decimos, ya que como dice un refrán árabe: “Las heridas de la lengua son más peligrosas que las del sable”. O como dice otro refrán: “Si tus palabras no son más hermosas que el silencio, entonces no las digas”. Pues de lo que habla la boca está lleno el corazón.



