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Hno. Andrés Ibáñez s.x.

Hermano misionero

Mi nombre es Andrés Ibáñez, soy Hermano misionero originario de la ciudad de Gómez Palacio, Durango. Deseo compartirles cómo fue que descubrí mi vocación misionera de hermano.  Desde niño quise ser como mi párroco Jesús rodarte. Conforme fui creciendo nacieron otras inquietudes, quería ser abogado o médico. Pero debido a estas carreras eran costosas y tenía que alejarme de mi familia, decidí estudiar para ingeniero químico en alimentos.

Cuando terminé mi carrera, comencé a trabajar en mi área, en esa época participé a un encuentro kerigmatico organizado por los jóvenes de la parroquia donde descubrí la segunda llamada del Señor. Después de esta experiencia comencé a participar al grupo juvenil de la capilla a la que pertenecía. Poco a poco la convivencia, el apostolado, el servicio de las varias actividades de la capilla y sobre todo a través de los encuentros de pascua juvenil, me ayudaron a darme cuenta de la necesidad de comprometerme más de alguna manera a la misión de la Iglesia dada por Jesús: “ir por todo el mundo y anunciar la buena nueva”.

Después de un tiempo cambié de empleo y comencé trabajar como repartidor de Barcel. Haciendo mi ruta descubrí que en la ciudad de Torreón había un centro juvenil misionero. No se me olvida la manera cómo llegué ahí. Un día al final de mi ruta, se me terminó el agua del termo que siempre llevaba. Al pasar por el enfrente, vi a un joven en la puerta y se me ocurrió pedirle que si me podía dar un poco de agua. Me invitó a pasar a la cocina y no me dio simple agua, sino agua de limón. Comencé a preguntarle qué era aquel lugar, y Emilio que era así como se llamaba el joven, me comenzó a hablar de las misiones y me regalo un libro sobre la vida de san Guido Ma. Conforti.

Comencé a leer el libro, cuando llegué al episodio donde se habla de que Guido recibió su vocación a través de un Cristo que visitaba todos los días antes de ir a la escuela, me acordé que cuando era niño padecía asma, y al estar acostado en cama veía enfrente de mí, colgado en la pared, un cristo con la frente llena de espinas y el rostro ensangrentado. Cada vez que lo veía me daba miedo. Ahora comprendo que Jesús, a través de aquel cristo, tal vez también me estaba diciendo algo.

La lectura de este libro fue determinante para ingresar a la familia xaveriana, el 25 de enero, día en que se celebra la conversión de san Pablo en el centro juvenil misionero de Torreón.

Ese mismo año, tuve la posibilidad de hacer mi primera experiencia de misión en la parroquia de Acoyotla. Nos mandaron a la comunidad de Amatitla. Para llegar, caminamos durante cinco horas en medio de la maleza, de muchos árboles y hermosas montañas, algunos momentos había hasta neblina, y mis ojos no podían creer cómo Dios había creado tanta belleza en ese lugar. Allí celebramos la Semana Santa con las personas del lugar, visitando familias, jugando con los niños y acompañando la catequesis, dando algunos temas para jóvenes y personas mayores. Esta experiencia fortaleció más mi vocación misionera.

Durante el noviciado, al descubrir la vida religiosa como un servicio a la misión, comencé a madurar la idea de seguir al Señor no como sacerdote sino como Hermano misionero, pues habiendo terminado mi carrera como ingeniero químico en alimentos, mi deseo era servir a la misión en este campo.

Concluido el periodo de formación básica, hice mi profesión perpetua, el 19 de marzo del 2011, año de la canonización del Fundador.