Para caminar juntos es necesario tener una unión muy estrecha entre los que tienen un mismo camino por recorrer, algo que encontramos en el éxodo del pueblo elegido – como lo vimos la vez pasada – pero manifestado más plenamente en el Nuevo Testamento con Jesucristo.
La Comisión Teológica Internacional publicó, en 2018, un documento titulado “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia”; en el número 15 afirma: “Dios realiza la nueva alianza prometida en Jesús de Nazaret, el Mesías y Señor que, con su kérygma, su vida y su persona revela que Dios es comunión de amor que con su gracia y misericordia quiere abrazar en la unidad a la humanidad entera.” Aquí encontramos que la base de la sinodalidad es la comunión que existe en Dios, comunión revelada por Jesús de Nazaret.
En el capítulo catorce del evangelio de san Juan se nos revela la gran comunión existente entre el Padre y el Hijo, luego de la petición que Felipe hace a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8); Jesús lo hace con estas palabras: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que les digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, créanlo por las obras.» (Jn 14,9b-11).
La unión existente entre el Padre y el Hijo llega al punto de que las palabras y las obras de Jesús son palabras y obras del Padre. Hay una comunión que empuja a Jesús a buscar siempre cumplir la voluntad del Padre, por eso, después del encuentro con la samaritana, cuando sus discípulos le urgían a comer, dijo que Él tenía otro alimento (Jn 4,32) y lo especifica diciendo «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.» (Jn 4,34). Jesús se sabe enviado y su gran preocupación es cumplir con la misión que se le ha encomendado, su preocupación es tal que lo lleva a sentir como el alimento que necesita.
Jesús no solo ve la voluntad del Padre como su alimento, sino que también ha aprendido a actuar viendo las obras del Padre. Ante el enojo de los judíos por haber curado un paralítico en sábado, Jesús replica diciendo: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo.» (Jn 5,17) No hay día de descanso para el Padre y tampoco lo hay para Jesús. El Hijo aprende a actuar viendo al Padre: «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo.» (Jn 5,19b)
La mejor sinodalidad viene de esta gran comunión: escuchar y ver al Padre para decir y hacer las mismas obras que Él hace.



