Estimados amigos lectores, reciban un gran saludo. En esta entrega les propongo que reflexionemos un poco sobre el sentido de la cuaresma, que comenzamos a inicios del mes, de marzo y la dimensión misionera de nuestra fe.
Este año se nos da nuevamente la oportunidad de vivir la cuaresma. Esta oportunidad es todavía más significativa por el hecho de que todavía atravesamos el difícil tiempo de pandemia con todas sus consecuencias y efectos en muchas esferas de nuestra vida. De un modo u otro la pandemia ha trastocado la vida de mucha gente. Y en muchos casos ha sido muy doloroso por el fallecimiento de seres queridos ¿Cómo podemos vivir nuestra fe misionera en estas circunstancias? ¿cómo podemos ser misioneros, es decir, portadores de la Buena Noticia de Jesús, a nuestros contemporáneos? Creo que la respuesta no vendrá de una sola persona, sino de las comunidades cristianas que, en la escucha de la Palabra, por una parte, y en las interpelaciones que provienen de nuestra realidad y entorno cotidiano por otra, buscan con creatividad y esperanza formas varias para “traducir en hechos” la palabra del Evangelio.
La pandemia nos ha puesto cara a cara con nuestra fragilidad y hemos constatado cómo la vida humana puede desvanecerse inesperadamente. Esta constatación nos ha hecho ver la vida de otra manera y nos pide una revisión de las cosas que realmente son importantes en la vida. Sin temor a equivocarme pienso que todos queremos un cambio de nuestra situación presente; no más enfermedad, no más muerte, no más divisiones, no más injusticias… y deseamos una sociedad mejor y una Iglesia más luminosa en su testimonio evangélico.
Pues bien, ese cambio también Dios lo quiere. Pero no lo hará como por arte de magia, sino con nuestra colaboración amorosa y convencida en su proyecto del Reino. La cuaresma es esa invitación del Padre de Jesús y nuestro a vivir ese cambio profundo, es decir, conversión, en nuestra vida. Un cambio que llega a lo profundo de nuestro ser y nos renueva desde dentro haciendo de nosotros creaturas nuevas. Jesús vivió su éxodo al Padre superando la tentación, escuchando la Palabra de vida, haciendo oración y donándose enteramente a los demás cuando predicaba, sanaba a los enfermos, perdonaba a los pecadores y compartía la mesa con ellos en la alegría del perdón recibido.
Toda la vida de Jesús era manifestación de ese continuo darse al Padre celestial y a los demás. Como Jesús y en Jesús, también nosotros somos llamados a vivir nuestro éxodo hacia la vida auténtica. Y para lograrlo se nos han dado lo medios necesarios para lograrlo: la oración y la caridad. La oración entendida como un encuentro con quien sabemos nos ama y que nos llena de serenidad, fortaleza y vitalidad. Caridad que nos abre al prójimo y nos lleva a ser más sensibles y solidarios, especialmente a quien atraviesa alguna necesidad o momento difícil.
Estimados lectores, dice el conocido refrán “a Dios rogando y con el mazo dando”; que en esta cuaresma podamos acrecentar nuestra relación con Dios y nuestro amor al prójimo para disponer nuestra vida a una mayor participación en la Pascua de Jesús.



