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P. Juan Juárez s.x.

El color de la tierra

Buenas noches, dije a mi hijo pequeño, cuando cansado se acostó, entonces me dijo con clara voz: «papá, ¿de qué color es la piel de Dios? Dije: «negra, amarilla, roja y blanca es; todos son iguales a los ojos de Dios».  Con grandes ojos me miró y asombrado me preguntó: «¿por qué luchar a causa del color, si todos son iguales a los ojos de Dios?».

Quién de nosotros no hemos dicho o escuchado alguna vez, “no es justo”, cuando sentimos que no nos tratan igual que a los demás. Y como pasa con otras muchas palabras como el amor, la libertad… no siempre lo que se expresa corresponde a la definición oficial de la palabra, y más aún en nuestro tiempo,  ya que hay quienes pretenden que cada uno es el que da significado a las palabras y los demás son los que se tienen que adaptar al sentido que cada uno le da, y si hay alguien que no comparte su forma de pensar, creen incluso que pueden utilizar hasta la violencia para defender “sus derechos”.

Por tanto, no es de extrañar, que cuando se hable de igualdad, muchas veces se confunda con uniformidad. Pero, ¿Qué no es lo mismo? Aunque parezca, no lo es, pues cuando se habla de uniformidad, significaría que todos debemos pensar lo mismo, sentir lo mismo, tener el mismo modo de vivir. Sin embargo, la igualdad se podría ver de diferentes aspectos como igualdad ante la ley, igualdad de posibilidades para poder desarrollarme como persona y ser tratado con respeto por el hecho de ser un ser humano, evitando toda discriminación a causa del género, de la raza, la nacionalidad o creencias.

La igualdad debería llevar a respetar a las minorías que son diferentes, desgraciadamente en nuestro tiempo, pareciera que las minorías con el pretexto de que defienden su ser diferente, tratan de imponer sus ideas aún cuando vayan en contra del sentido común, y si alguno los cuestiona, entonces lo acusaran de discriminación. Pero si ellos excluyen a alguien porque no comparte sus ideas, no es discriminación, ¡es defender sus derechos!

Y tal vez, cuando se discrimina lo que hay de fondo es el desconocimiento y el temor de convivir con el que es diferente, porque me cuestiona lo que soy. Mejor es vivir con los que son como yo para creer que todo va bien. Pero no aceptar que todos somos diferentes en lugar de ayudar lleva a crear barreras y más divisiones en nuestro mundo de por sí ya dividido.

  Si queremos que los demás nos traten justamente, es necesario que nosotros tratemos a los demás como quieren que nos traten, como diría Jesús. Y un primer paso, creo yo, sería que aceptáramos que todos somos del color de la tierra, aun cuando tengamos diferente color de piel, todos pertenecemos a la familia humana, todos somos hijos de Dios.

Y si Dios ha querido que seamos diferentes es para enriquecernos los unos a los otros con los dones que ha cada uno ha dado. Dejando a un lado el aspecto externo, en el fondo no somos tan diferentes, todos tenemos necesidades, sueños… lo que nos debería ayudar a sentirnos compañeros de camino, para que, en los momentos difíciles, podamos descubrir que en la oscuridad es donde brillan más las estrellas.