Cuando nos fijamos en las apariencias, corremos el riesgo de equivocarnos, de falsear la imagen de aquella persona. Mientras, si nos tomamos el tiempo de acercarnos, dialogar y conocer al amigo, al familiar, podremos descubrir su identidad y esto nos permitirá reforzar lazos de amistad y de confianza. Te propongo leer el texto de Lucas 9, 18-24. Descubriremos en él la aventura de conocer la identidad de Jesús.
El evangelista Lucas, nos relata el gran impacto que provocó Jesús entre la gente de su tiempo. Para muchos su imagen ya no pasaba desapercibida. Se oía hablar abiertamente, en los ambientes religiosos y políticos, de Jesús como el Mesías, el enviado por Dios. Una figura que no quedará revelada sino hasta después de la experiencia pascual.
Personajes del pasado
La escena que hemos leído, se desarrolla en un momento de gran cotidianidad e importancia para Jesús: la oración. El Nazareno experimentó que Dios lo era todo para él y que él era todo para Dios. Jesús fue tomando conciencia de su relación de fidelidad con su Padre; fue experimentando que el centro de su vida giraba en torno a la voluntad de Dios. “Los discípulos se le acercaron” ahí donde estaba rezando y Él les planteó algo que va a ser clave para el seguimiento de los discípulos.
Jesús quiere saber qué se ha oído decir de su persona y pregunta a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Los contemporáneos de Jesús se habían hecho varias ideas de la persona de Jesús de Nazaret. Algunas de estas ideas eran confusas. El maestro había sido confundido por algunos personajes del pasado. “Según unos, Juan el Bautista, otros dicen que Elías, según otros, uno de los antiguos profetas, que ha resucitado”.
El Mesías
Profundizando un poco más, Jesús vuelve a hacer una segunda pregunta, pero ahora más directa que toca el corazón de los discípulos: “¿…Y según ustedes quién dicen que soy yo?”. La respuesta vino de la boca del apóstol Pedro: “El Mesías de Dios”. Una respuesta aparentemente bien contestada, pero equivocada. El apóstol comparte la idea de mesías que la gente esperaba: un mesías nacionalista que traería la salvación política, económica y religiosa para todo el pueblo.
Jesús como Mesías no tiene que ver con el triunfo y el poder político. El Hijo del Hombre, el ungido, es el que sabe darle sentido al sufrimiento, el que se pone a servir, el humillado y despreciado por la gente, el que es capaz de dar la vida por los demás. Aquel que quiera seguir a este Mesías, no tiene más que correr su misma suerte. En la medida que logremos desprendernos de todo apego, incluido el apego a la vida, a favor de los demás, estaremos creciendo como seres humanos y estaremos más cerca al ideal cristiano.
Reflexión personal
El Hijo de Dios se presentó con los rasgos de un Mesías humilde, que pasó de incognito ante los demás. ¿He aprendido en mi vida cristiana a ir por la vida haciendo el bien sin hacer mucho ruido? ¿Me considero un cristiano, dispuesto a vivir en la humildad y sencillez de vida al modo de Jesús?
En nuestros días, la vida cristiana corre el riesgo de devaluarse por la falta de interés en la persona de Jesús. Según los ambientes en que me muevo: ¿Qué oigo decir a la gente sobre Jesús? ¿Qué sigue esperando la gente de Jesús? ¿Él sigue siendo alguien atrayente para la vida de los demás?
La pregunta que Jesús hizo a los discípulos, también me la hace hoy a mí: ¿… y tú, Pedro, María, Roberto…, quién soy yo para ti? ¿Qué significa Jesús para mi vida? Como seguidor de Jesús, ¿Me he interesado en profundizar en su persona? ¿He deseado conocerlo, amarlo y seguirlo?


