La Iglesia de las misiones es un movimiento centrífugo, va del centro hacia fuera, mientras que la Iglesia misionera es centrípeta, es decir, se desarrolla de fuera hacia dentro.
En estos últimos años, la institución eclesial, con sus pastores y teólogos, ha buscado la manera de reducir lo que es la misión universal (dirigida a pueblos y naciones no cristianas), a una pura evangelización de la Iglesia local. ¿Qué ha pasado con este viraje? Se ha pasado de una cierta separación entre la acción pastoral misionera de primer anuncio del Evangelio, a una unión y también a una confusión entre ambas actividades.
Ciertamente la formación de la “aldea global” y con los medios de comunicación que han hecho el mundo más pequeño, pero no más cercano, exige una unidad en la misión de la Iglesia y una renovación en sus métodos y sobre todo en su impulso evangelizador del mensaje del Señor Jesús. Se puede decir que la Constitución dogmática sobre la Iglesia, con el título Luz de los pueblos (L.G.) propone la realidad y misión de la Iglesia, como pueblo de Dios –jerarquía y fieles- impulsado a dar testimonio del Evangelio, en la vida personal y en los nuevos espacios humanos. Mientras que el Decreto A los pueblos (A.G.) tiene la intención de actualizar e impulsar la acción de los primeros Apóstoles, de ir por todo el mundo y hacer discípulos a todos los pueblos (Mt 28, 19). El día de Pentecostés, el Espíritu Santo, fue dado a todos los discípulos, reunidos en un mismo lugar (Hch 2, 1.4) y el anuncio de Pedro y demás apóstoles estaba dirigido a todos los habitantes de Jerusalén (Hch 2, 5.14). Mucho costó entender a la primera Iglesia o comunidad de discípulos de Jesús que debían salir de Jerusalén y abrirse a las naciones paganas, siguiendo el ejemplo de Pablo y Bernabé, enviados desde Antioquía para la obra a la cual el Espíritu Santo los había llamado (Hech 13,2), poco después de que algunos chipriotas y cirenenses, venidos a Antioquía, predicaban también a los griegos y les anunciaban la Buena Nueva del Señor Jesús (Hch 11, 20).
En nuestro tiempo, a partir de unos decenios para acá, se ha dado un fenómeno no previsto ni querido, que unos llaman “desmisionización”, es decir, el abandono de la misión universal, por lo menos en lo que se refiere a los agentes tradicionales, los institutos misioneros de religiosos y religiosas. En su lugar, en la Iglesia, sobre todo mediante los movimientos cristianos laicales, se ha propuesto la “nueva evangelización” en los países de antigua cristiandad. Desgraciadamente nos encontramos muy lejos de vivir una nueva misión hacia todos los pueblos no bautizados. ¿Cómo impulsar, motivar, renovar el anuncio del Evangelio en nuestro mundo con tantos cambios, transformaciones, comunicaciones y tanto sufrimientos, violencia, desesperación?
Me parecen urgentes para la misión de la Iglesia a todos los pueblos, en todos los pueblos y entre todos los pueblos, dos caminos que permitan a “la Iglesia hacerse presente en acto pleno a todos los seres humanos y pueblos” (AG, n. 5). El primero es llevar a todos ellos, “con el ejemplo de la vida, la predicación, los sacramentos y demás medios de la gracia, a la fe, la libertad y la paz de Cristo” (AG, n. 5), o sea al Reino de Dios. El segundo es seguir a Jesús, que fue enviado a evangelizar a los pobres (Lc 4,18; 7,23) y “caminar por el mismo sendero de Cristo, es decir, por el sendero de la pobreza, obediencia, inmolación” (AG, n.5) al servicio de nuestros hermanos y hermanas.


