Estimados amigos y amigas lectores. Reciban un gran saludo, deseando que este año que hemos empezado, sea un tiempo de grandes logros, y que los esfuerzos por seguir creciendo en la vida de fe, se vean recompensados con la abundancia de los dones de Dios, Uno y Trino, del Dios del amor y de la misericordia, para cada uno de ustedes y de sus familias.
De acuerdo al calendario litúrgico de la Iglesia católica, estamos viviendo el llamado Tiempo Ordinario. Este tiempo se nos propone como un periodo para vivir en la vida cotidiana las implicaciones de los elementos más importantes de la fe que hemos celebrado. Así, después de cada tiempo litúrgico importante como es la Navidad y la Pascua, el tiempo ordinario que les sigue, representa la invitación a poner en práctica lo que tales misterios celebrados nos señalan para seguir creciendo en la fe. Y esta es una tarea que se realiza día a día, en lo ordinario de la vida de todos los días.
En nuestra manera de vivir y de pensar contemporánea, creo que podemos encontrar personas cuyos ritmos de vida son bastante ajetreados y llenos de compromisos de todo tipo. Y no pocas veces el deseo de lo fuera de lo ordinario, llámese fiestas, vacaciones, etcétera, está presente. Incluso se llega a anhelar con ansia el siguiente periodo festivo, para relajarse un poco y romper la monotonía y frenesí de la vida diaria. Sin embargo, creo que, en la perspectiva de la sabiduría cristiana, que se apoya a su vez en la sabiduría bíblica: El destino de cada hombre se juega en la vida cotidiana: en ella se salva o se pierde; en ella es bueno o malo; en ella, según la Biblia, se revela, llama y salva Dios (Zevini & Cabra, 2002, p. 5).
Como hombres y mujeres de fe, discípulos de Jesús el Enviado del Padre, somos invitados a vivir nuestra vida cotidiana con confianza y compromiso, para hacer realidad el reino de Dios en el mundo en el cual vivimos por medio de nuestro testimonio de vida. Más que huir de la cotidianidad, somos invitados a vivirla profundamente. El vivir nuestra vida cotidiana solo como un torrente de actividades y compromisos que debemos hacer, sin comprender su propósito y significado, nos genera estrés, insatisfacción y vacío.
Sin embargo, creo que es necesario cambiar nuestra actitud, para adentrarnos en el entramado de nuestra vida de cada día para descubrir sus raíces profundas, el tesoro escondido por el cual seremos capaces de venderlo todo con tal de adquirirlo. ¿Cómo podemos conseguir esto? En nuestra próxima entrega, sugeriré algunas pistas para poder hacerlo. Mientras tanto, es necesario mantener viva en nuestra mente y nuestro corazón que somos misioneros de Jesús, testigos de su amor, en todo momento de nuestra vida, tanto en lo ordinario, como en lo festivo y extraordinario.



