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P. Carlos Abraham Zamora s.x.

Esparciendo la semilla de la fe y la ciencia

A mitad del siglo XVI, la Iglesia se encuentra en un momento de grandes transformaciones sociales, el contacto con otras culturas, junto con los esfuerzos de renovación y reforma que confluyeron en el Concilio de Trento (1545-1563). De este evento surge un pujante compromiso en la tarea evangelizadora, asumida principalmente por las diferentes órdenes religiosas. Se trata de una etapa singular, colmada de figuras sedientas de adentrarse en las diferentes áreas del conocimiento, creyentes fieles a sus ideales, ansiosos de evangelizar con una visión integral del ser humano.

Uno de estos esfuerzos extraordinarios por enriquecer el servicio a la evangelización con una nueva visión de la formación y educación de las nuevas generaciones, se observa en el sistema educativo jesuita, conocido como Ratio studiorum. Los primeros colegios y universidades jesuitas se van configurando en lugares de producción y de difusión el saber, y no solo centros de transmisión de conocimientos.

Varios siglos antes otros creyentes como santa Hildegarda de Bigen (1098-1179), monja dedicada a las artes, la filosofía y a las bases de las ciencias naturales habían contribuido a propiciar este amanecer. Aun siendo mujer, se adelanta a su tiempo, viviendo la espiritualidad de san Benito, la cual aspiraba a que las comunidades monacales plasmaran la armonía entre la oración y el trabajo (ora et labora), incluyendo ciertamente el estudio y la enseñanza como parte esencial en la tarea evangelizadora.

Es, sin embargo, con el advenimiento del Renacimiento y la consolidación de colegios y universidades, como las jesuitas y las de otras ordenes, cuando germinan grandes aportaciones de muchos creyentes, algunos de ellos sacerdotes, miembros de una Iglesia que se siente comprometida a evangelizar, manteniendo su búsqueda de la verdad y el progreso, jornaleros que esparcen en el surco la semilla de la fe y de la ciencia.

Recordemos algunos sacerdotes que sobre salen en este campo. Nicolás Copérnico, canónico polaco considerado el padre de la astronomía moderna, quien elaboró la teoría heliocéntrica, en la que los planetas y la Tierra giran alrededor del Sol. Marin Mersenne, monje francés, famoso por los números primos de Mersenne, básicos para las matemáticas, además de sus investigaciones sobre la propagación del sonido y de sus estudios de teoría musical. Ruđer Bošković, considerado el precursor de la teoría atómica, la cual ha inspirado el descubrimiento de las leyes del electromagnetismo y la teoría de la relatividad.

René Just Haüy, un sacerdote francés, canónigo de Notre Dame, quien junto con Lavoisier y otros científicos definió el sistema métrico. Gregor Mendel, fraile agustino que definió las leyes fundamentales de la genética. Georges Lemaître, sacerdote belga y creador, a comienzos del siglo XX, de la teoría del Big Bang, basada en la expansión del universo a partir de un punto, en contra de la idea establecida en su época de que el universo era estático.

Quizás te sorprenderás de algunos de estos nombres y sus contribuciones, lo cierto es que hoy como ayer, los discípulos de Jesús están llamados a “multiplicar” sus talentos y a contribuir para que los conocimientos científicos ayuden al desarrollo de los pueblos.

Y tú, ¿cómo aprovechas tu inspiración como creyente para profundizar más en los conocimientos que la ciencia nos brinda?

¿Conoces a algún otra creyente en Cristo comprometido en el campo de la ciencia?