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P. Irving Gutiérrez

Como una pequeña antorcha

Mi nombre es Irvin Gutiérrez, originario de León, Guanajuato. Tengo 32 años y soy sacerdote misionero xaveriano.

Desde que estaba chavo me llamó la atención la figura del sacerdote, por el gran testimonio que daba el párroco de mi colonia mons. Fidel Hernández. Desde la primaria aspiraba a seguir una vida que valiera la pena vivir, compartiendo con los demás la alegría del evangelio, la paz interior, la vida de los sacramentos.

Durante la primaria y la secundaria contacté diversas congregaciones y al seminario diocesano de León, porque el sueño de ser sacerdote crecía cada vez más. Fue el p. Ángel Pisanu quien me invitó a hacer un preseminario con los misioneros xaverianos en la comunidad de Arandas, después del cual decidí ser seminarista. El carisma xaveriano me marcó para toda la vida, porque era una vida de verdadera familia, un estilo de seguir a Jesús muy cercano, alegre, que me llenó.

Pasado un tiempo decidí salir y realizar otros sueños. Deseaba estudiar y ser un buen arquitecto, trabajar y apoyar a mi familia. Hice una vida normal, estudio, salidas, fiestas y reuniones familiares, trabajo duro y grandes frutos, donde descubrí la maravilla del noviazgo, las verdaderas amistades y el valor del trabajo.

Un día durante un retiro espiritual decidí reencontrarme con la familia xaveriana, y me puse en contacto con la comunidad xaveriana de Salamanca. El encuentro con la comunidad me llevó a reflexionar sobre mi vocación, por lo que luego de un serio y profundo discernimiento decidí entrar como postulante.

Desde agosto del 2011 puedo decir con seguridad que comenzaron los mejores días de mi vida. El trabajo sencillo en la granja de la casa, salir al apostolado en las zonas rurales de la ciudad, la cercanía con los grupos de niños y jóvenes que venían a jugar fútbol, los temas y dinámicas divertidas para conocer a Jesús, entre otras muchas actividades fueron formando mi vocación.

Pero los momentos de oración ante el santísimo y el Cristo de la “capilla chica”, fueron los cimientos para vivir una espiritualidad que busca poner a Cristo al centro de la vida, a ejemplo de nuestro Fundador.

Entre las diversas experiencias en Salamanca, la que más me marcó fue el servicio que realizábamos en el hospital cerca del seminario, trabajando en el área de urgencias y en “piso”, donde compartíamos el evangelio del día, una breve reflexión y una amena plática que llevara a los pacientes, a olvidar por un momento su enfermedad, sus dolencias y abrieran el corazón sobre su vida diaria. Este encuentro tan maravilloso me llevó a orientar mi apostolado en servicio de los demás, ya que en la comunidad de “Palo Blanco”, también les llevaba la eucaristía a los enfermos antes de la misa y acompañaba a los grupos de jóvenes.

Llegando a la comunidad de Guadalajara encuentro grandes sacerdotes que compartían día a día su testimonio de vida, motivando aún más mi vocación. El trabajo que realicé fue con jóvenes de diversos grupos: JUXA (Juventud xaveriana), PJV [Proceso Juvenil Vocacionl de la arquidiócesis de Guadalajara], el RESPLANDECE de los franciscanos entre otros. Otro servicio fue llevar comida a los familiares de los enfermos en algunos hospitales, así como retiros y misiones en la zona huasteca y mixteca.

En la teología de Ciudad de México descubrí otro estilo de servir y vivir el carisma xaveriano, desde la pluriculturalidad, con hermanos de diversos países, edades y etnias, pero al final estábamos todos en sintonía, con un solo fin, “hacer del mundo una familia”.

El encuentro con los jóvenes de la parroquia de San Simón Ticumán, los grupos de guitarra, el servicio en los hospitales, las visitas a casas hogar y el apostolado con los hermanos y hermanas migrantes en una casa scalabriniana fueron los elementos clave que terminaron de fortalecer mi vocación.

El trabajo con los hermanos se volvió una verdadera familia, con sus dificultades, retos y con sus altibajos. Momentos de verdadero encuentro con el Señor. El estudio, las tareas de cada día son cosas que recuerdo con gusto.

Quisiera invitar a cada persona que desea encontrarse con Cristo, a que tenga la valentía de acercarse, de escuchar la voz de Dios que resuena en su interior, a quitarse el miedo y superar las dudas para seguir con alegría y valentía el llamado de Dios.

Hoy soy sacerdote porque deseo compartir a Cristo a todos aquellos que aún no lo conocen, para llevar mi vida como una pequeña antorcha que ilumine la vida de la sociedad actual que se deja llevar por cualquier cosa que brille pero que no ilumina, por luces y sonidos que apantallan el exterior pero que dejan vacía a la persona en su interior. Hoy estoy llamado a la misión en Japón, donde iré a trabajar luego de un año de estudio de idioma en los Estados Unidos. Me pongo a su servicio y en sus oraciones.

¿Qué es lo que deseas en tu interior? ¿Sientes la llamada de Cristo? Acércate y conoce, recuerda que te esperamos con los brazos abiertos.