Hemos visto en la Biblia que el pecado provoca la ruptura con los demás, además de un distanciamiento con Dios. La palabra hebrea, traducida al español como “santo”, es “kadosh”; este término es traducido normalmente como separado, algo que es diferente, otro. En este sentido, Dios es el totalmente otro, visto en la visión de Isaías cuando los serafines «se gritaban el uno al otro: “Santo, santo, santo, Yahveh Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria”» (Is 6,3). Dios es “el tres veces santo”, “el totalmente otro”, “muy diferente de los demás seres”.
¿Esta característica de Dios lo aleja del ser humano? La Biblia entera, la Historia de la Salvación, es la afirmación de que Dios no está alejado de la humanidad, sino que la busca siempre a semejanza del buen pastor que va tras la oveja perdida y, al encontrarla, la carga sobre sus hombros lleno de alegría (cfr. Lc 15,4-7; Mt 18,12-14). Así que la santidad de Dios no es una separación, o alejamiento con respecto al ser humano, sino que Dios quiere hacer al ser humano partícipe de su santidad; por ello se escoge un grupo de personas «y se les llamará “pueblo santo”, “rescatados de Yahveh”» (Is 62,12).
La concepción israelita de la pureza, para participar plenamente en los ritos ofrecidos a Dios, y el saberse un pueblo santo, escogido por Dios, llevó al pueblo a considerar que debía de apartarse de todo lo impuro, ya que el simple contacto físico hacía que la persona perdiera su pureza. Podemos así comprender mejor el relato de la pasión de Jesús según san Juan, cuando llevan a Jesús al pretorio, pero «ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua» (Jn 18,28), ya que el pretorio era habitado por un “gentil”, persona impura: para ellos es más impureza el entrar en casa de un no-judío que condenar a muerte a un inocente.
El fariseísmo llegó a extremos inconcebibles en su búsqueda de la pureza ritual, fijándose en pequeñeces y dejando de lado faltas graves como la condenación a muerte. Esto llevó a Jesús a criticarlos muy duramente con estas palabras: «Guías ciegos, que cuelan el mosquito y se tragan el camello» (Mt 23,24).
San Marcos, en el pasaje de la curación de la hija de una siro-fenicia, pone a Jesús dentro de la mentalidad judía de alejamiento de los no-judíos con su respuesta ante la petición de la sanación: «Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (Mc 7,27). En el mismo relato, Mateo es más duro al narrar que la mujer iba gritando y Jesús no le respondió palabra, por lo cual los discípulos intervienen pidiéndole que la atienda (cfr. Mt 7,22-24).
Jesús, el Hijo Único de Dios, es el ejemplo de la “santidad divina”: se hace uno de nosotros, impuros, para salvarnos. Esto es lo que pide a sus seguidores.



