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P. José Luis Vega s.x.

No hay retorno del hijo, sin el amor del padre

Tomando en cuenta las palabras del gran teólogo suizo Karl Barth, de que una reflexión debe hacerse siempre teniendo en una mano la Biblia y en la otra el periódico. Pensando escribirte estas líneas, me dispuse a checar los artículos de las publicaciones periodísticas; lastimosamente constaté que actualmente, muchas noticias, figuradamente hablando, están bañadas de sufrimiento a causa de la violencia.

Algunas veces a causa de discusiones por intereses económicos, por cuestiones de política, a menudo por cuestiones de género, eventualmente, como reivindicaciones de ciertos grupos por intereses particulares. Sin embargo, lo que más me llamó la atención, fue una nota periodística fechada el 31 de mayo del presente año que tenía como encabezado: Segundo tiroteo masivo en 24 horas anticipa un “verano violento”, en Estados Unidos.

 

¿Qué pensar cuando personas, indiscriminadamente abren fuego contra masas de gente que aparentemente no tienen relación directa con sus agresores y mueren en una manera tan inútil? ¿Qué tipo de sentimiento o interés puede haber en un ser humano para reaccionar contra natura de una forma tan cruel? ¿Qué dolor y desesperación tan grave puede existir en el corazón y la mente de una persona o grupo de personas para reaccionar de esa forma?, y sobre todo, ¿qué palabra tiene la Biblia ante este tipo de eventos?

Entristece profundamente darse cuenta que este tipo de hechos son cada vez más frecuentes y que su influencia se va elevando crecientemente, principalmente entre los adolescentes y jóvenes. Este tipo de acontecimientos, desgraciadamente, comienzan a tener réplicas en otras sociedades en donde no habían visto jamás este tipo de comportamientos.

Los perpetradores de dichos acontecimientos, completamente reprobables, no son necesariamente personas que han recibido una mala educación, sino personas perturbadas, lastimadas, abandonadas, con poca capacidad de tolerancia ante la frustración que los vuelven presas fáciles de ideologías y utilizan la ira como puerta de escape ante una realidad dolorosa que no saben cómo solucionarla, para que no siga quedando aprisionada su historia y enclaustrada en el silencio de su interior.

Ante tal realidad, me es inevitable pensar en la parábola del hijo pródigo. Una de las enseñanzas fundamentales de la ya mencionada historia bíblica, es que la juventud requiere, antes que riqueza, necesita amor. Pero no del amor que se queda solo en el concepto puramente teórico, sino aquel amor que se materializa en acciones concretas de atención, de escucha, de apertura, de comprensión ante los momentos límite y perdón de fragilidad cuando el error se presenta.

Acciones tan reprobables como esas matanzas inútiles, tal vez en algunos casos, desde mi punto, no son sino gritos, que necesitan de personas que las acompañen y les ayuden a no caer en el nivel más bajo de su condición humana. Son gritos desesperados que necesitan ser entendidos y acompañados por brazos y corazones tan abiertos como los de aquel viejo padre, de la parábola, lleno de experiencia y sabiduría, pero sobre todo de cariño y paciencia que no espera el paso fatigado del hijo que llega desgarrado de dolor tanto en su exterior como en su interior, sino que corre a su encuentro y sin juzgarlo le da alivio y busca cómo ayudarlo.