Queridos amigos lectores, cuando se busca un xaveriano, ustedes saben que basta ir a su comunidad donde vive y ahí lo encontrarán. Todos los xaverianos pertenecemos a una comunidad local, como nos lo piden nuestras Constituciones (n. 78), como nos lo ha pedido nuestro Fundador.
Es en la comunidad donde los xaverianos viven su vocación, ejercitan sus ministerios, desarrollan la vida fraterna. La dimensión comunitaria de nuestro estilo de vida religiosa, adquieren en Conforti los rasgos de una relación humana, personal y dinámica. El Instituto no es una estructura en función de la organización y de la salida a misión, sino una familia a la que hay que amar “como a una madre”; no es una entidad abstracta, sino una comunidad de personas a las que hay que amar como hermanos (RFX 63 y 64). Conforti lo expresaba con una expresión que la tradición xaveriana nos ha conservado con estas palabras: Ámense como hermanos y respétense como príncipes.
El número de las Constituciones que hoy les compartimos, exactamente nos compromete a eso: La comunidad local constituye la célula fundamental del Instituto. Está formada por un grupo de xaverianos que viven la vocación misionera según la función atribuida a cada uno… (C 78). A partir del espíritu de Conforti, para nosotros la comunidad es lugar de conversión, donde nos evangelizamos mutuamente, donde cada uno se siente amado, aceptado en sus límites y valores, respetado, escuchado; es un lugar de gratuidad, de amistad y de perdón; lugar de encuentro de culturas, pues somos misioneros ad gentes, inspirados por la fe y el Evangelio vivido; es un lugar de apertura y acogida, gracias a su pluriculturalidad donde el ideal misionero nos une y supera las diferencias.
Es un lugar de coparticipación donde verificamos juntos las motivaciones fundamentales de nuestro actuar y las hacemos motivo de trabajo en equipo; es un lugar de corrección fraterna y de crecimiento en la santidad y en la misión, donde aparecen estas dos realidades en una tensión dinámica: nuestra humanidad y el ideal que nos une; es un lugar de discernimiento, ahí donde tratamos de ayudarnos unos a otros para alcanzar una mayor fidelidad al reino y a la tarea que nos ha confiado la Iglesia; es un lugar privilegiado para beber y estimular nuestra formación permanente.
Es finalmente la depositaria de la misión, pues es la comunidad la responsable de su cumplimiento, de su continuidad y de sus realizaciones, la comunidad, en sí misma y por sí misma, es ya testimonio misionero; ella es el sujeto de la misión. De esta manera se cumple aquel pasaje bíblico: ¡Miren cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! (Sal 133,1).
Al meditar sobre este espíritu de fraternidad surge en nosotros dos sentimientos; el primero, de agradecimiento a nuestro Fundador al querernos juntos, al pedirnos darle a la comunidad esta importancia: célula fundamental dicen las Constituciones. Un segundo sentimiento es el de cuestionarnos sobre la manera como llevamos adelante esta característica esencial de nuestro vivir. Es verdad que vivimos en una sociedad caracterizada por el individualismo, donde toda estructura e institución ha sido cuestionada, como la familia, los grupos parroquiales, los clubes y las asociaciones cristianas.
Nosotros tenemos por carisma esta característica, que hoy se vuelve profética: ¿valoro la importancia de la comunidad? ¿Los elementos presentados en esta reflexión los llevo adelante en mi comunidad, en mi familia, en los grupos a los que pertenezco? Pidamos, hermanos y hermanas, el don de la fraternidad y hagamos de nuestras comunidades, familias, grupos, lugares de comunión, células fundamentales del reino.



