Ya vimos que la prohibición de emparentarse con los otros pueblos se debe al peligro de dejarse llevar por las costumbres, sobre todo religiosas, que las demás gentes practican. No todo queda en el casarse o no, pues además de ese veto matrimonial hay, en el pueblo de la Biblia, una separación mayor que lleva a evitar todo contacto con los demás, incluso a rechazar el ingreso a la casa de una persona que no pertenece al pueblo de Abraham, bajo pena de ser impuro y de no poder participar al culto que el pueblo ofrece a Dios, sin una debida purificación para ello.
La alabanza que se hace al centurión romano por su fe en el poder curativo de Jesús (cfr. Mt 8,5-10; Lc 7,1-10; en Jn 4,46-54 se habla del hijo de un funcionario real), es una fe que conoce la cultura del pueblo judío, que sabe que un judío practicante no entra en la casa de un no-judío para no contaminarse y por eso expresa una frase que la liturgia eucarística ha guardado hasta el día de hoy: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa… Esta expresión es la conciencia de que un verdadero judío no entrará en su casa y trata de no meter en problemas a Jesús, ya que mucha gente lo vería entrar y contaminarse.
Los cuatro evangelistas, al hablar del juicio que le hacen a Jesús, coinciden en que lo llevaron de la casa de Caifás a Pilato, pero solo el cuarto Evangelio nos relata que los acusadores no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la pascua (Jn 18,28), por lo cual Pilato tiene que salir para dialogar con ellos en varias ocasiones. Conociendo la trama de ese juicio, nos choca el pensar que se preocupaban más por la impureza que viene de entrar en la casa de una persona que no es judía que la impureza por condenar a muerte a un inocente, pero se comprende al saber que muchas personas no vemos más allá de nuestros intereses. Lo que sí es de admirar, es que detrás de este acontecimiento está la cultura judía de evitar todo contacto físico con quien no pertenece a su pueblo.
Otro acontecimiento del Nuevo Testamento que nos ayuda a ahondar sobre la determinación judía de alejarse de los que no son de su pueblo, también protagonizada por un centurión romano, se encuentra en el capítulo diez de Hechos de los Apóstoles. En el sueño de Pedro, que se le invita a matar y comer, mientras él tiene hambre, él se niega a hacerlo porque nunca ha comido nada impuro, es decir que siempre ha guardado la pureza exigida a todo buen judío; pero se le dice que lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano, y añade el autor que esto ocurre tres veces como reafirmación. Por eso Pedro no duda en entrar en la casa de Cornelio, donde vio que el Espíritu Santo también bajó sobre ellos y así los bautizó.



