Hoy en día vemos muy fácilmente que en el planeta existen diferentes pueblos y diferentes idiomas, más aún en este tiempo en que el internet nos mete en relación con más personas de una manera casi automática, y ahí, en la red, vemos infinidad de lenguas. También el libro del Génesis trató de explicar el porqué de las diferentes lenguas y naciones en el mundo, abordando el tema en el capítulo 11; veamos lo que nos dice el autor sagrado.
El primer versículo es la constatación de la realidad: Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. Si todos venían de un mismo antepasado, era lógico tener un lenguaje común, pero ¿de dónde viene el que haya diferentes idiomas y pueblos? El capítulo 10, que analizamos la vez pasada, no se cuestiona sobre la razón de los diferentes pueblos e idiomas, pero el autor de este capítulo sí quiere responder a ello, y encuentra en la narración de la torre de Babel la explicación que va en concordancia con otros pasajes anteriores: el pecado humano.
El autor sagrado nos refiere que después de hacer ladrillos y cocerlos al fuego, los hombres se dijeron: Vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la faz de la tierra (Gn 11,4). Al conocer sus intenciones, Dios interviene diciendo: He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. ¡Ea!, pues, bajemos, y una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo (Gn 11,6-7).
Los versículos anteriores ponen a Dios como artífice de los diferentes pueblos e idiomas, a consecuencia del deseo de los hombres de hacerse famosos por construir una torre con la cúspide en los cielos. Parece que el autor sagrado coloca el orgullo humano como el mal a combatir en esta página bíblica, pues buscan hacerse famosos o, según otras traducciones, hacerse un nombre por sus propios medios, fuerzas y cualidades.
Aunque el libro del Génesis coloca a Dios como el que crea la división de pueblos y lenguas, en la experiencia de todos los días vemos que el orgullo es un mal que impide a las personas comprenderse, a pesar de que tengan un mismo lenguaje o alejarse entre ellas aun cuando tengan la misma sangre. Esto está en sintonía con el pecado de los orígenes (cfr. Gn 3), porque también ahí la armonía que existía entre el hombre y la mujer se rompe al dejarse llevar por el deseo de grandeza (ser como dioses).
La cultura hebrea muchas veces quiere afirmar que Dios es quien dirige la historia humana –cosa que sucede también entre nosotros– aun cuando se trate de acciones negativas, como es la división, pero comprendemos que es el ser humano, con su libertad, quien lo origina.



