Nicolás y Carlos eran dos enfermos que compartían la misma habitación. A Nicolás, por razones de salud, se le permitía sentarse una hora al día cerca de la ventana. Carlos, que tenía que estar acostado todo el tiempo, un día le preguntó a su compañero de habitación que le describiera lo que veía por la ventana.
Nicolás comenzó a narrar que había un parque con mucho pasto y flores, en medio un lago donde nadaban unos cisnes blancos y alrededor árboles balanceándose dulcemente al ritmo de la brisa. Se veía una familia caminando tranquilamente, niños jugando alegremente…
Carlos cada día, esperaba con ansia aquella hora del día para escuchar lo que sucedía en el parque, recreando en su mente todo lo que Nicolás le narraba con gran entusiasmo como si estuviera describiendo una muy buena película.
Una mañana, Nicolás amaneció muerto. Ese mismo día, Carlos pidió a la enfermera que lo cambiara a la cama que estaba cerca de la ventana, para ver con sus propios ojos ese mundo maravilloso que tantas veces le habían descrito. Hizo un gran esfuerzo para asomarse por la ventana, pero con gran sorpresa lo único que vio fue un muro gris. Cuando Carlos le preguntó a la enfermera por qué Nicolás le había hecho vivir un mundo que no existía, ella le contestó: Quizás solo quería animarle y darle esperanza.
Son muchos los motivos para tener una visión pesimista de la realidad, sobre todo, cuando la desgracia toca a mi puerta y me hace sentir en carne propia la violencia, la corrupción, la discriminación, la injusticia, la muerte… Son en esos momentos cuando puede surgir la pregunta: ¿Por qué a mí? ¿Por qué Dios lo permite? Se puede tener la sensación de que Dios no se preocupa de nosotros.
Pero no es así, Dios a lo largo de la historia ha llamado y sigue llamando a hombres y mujeres para que colaboren con Él, y delante del sufrimiento, de la desesperanza, de la incertidumbre, no se queden de brazos cruzados, sino que caminen al lado de las personas que sufren para recordarles que no están solos, sino que tenemos un Padre celestial que no se olvida de ninguno.
Jesús sigue recorriendo los caminos del mundo haciendo la misma invitación que a los apóstoles: Ven y sígueme, pero a nadie obliga, la respuesta es libre. Pero, cada uno tiene que ser consciente que el bien que podríamos hacer aceptando la invitación de Jesús, nadie lo hará por nosotros si decidimos seguir nuestro propio camino, pues Dios a cada uno nos ha dado una misión en la vida para el bien de los demás.
Jesús necesita de hombres y mujeres, que sean capaces de abrir las ventanas de su corazón para que vean el mundo como Dios lo ve, no solo como un muro gris que va creando debido a nuestros pecados y debilidades, sino también como un parque, gracias a la generosidad de tantas personas que creen en el sueño de Dios de que todos podemos vivir en paz. Jesús necesita colaboradores que sean como faros que iluminan con alegría y esperanza la vida de los demás, porque en su interior llevan la luz de Dios. Y tú, ¿estás dispuesto a ayudar a Dios?



