Hablar de la “misión universal” entendemos en primer lugar el anuncio de la Buena Nueva de Cristo a todos los pueblos, culturas y religiones, no alcanzados por ella. “La misión de la Iglesia se cumple por la operación con la que, obediente al mandato de Cristo y movida por la gracia y caridad del Espíritu Santo, se hace presente en acto pleno a todos los pueblos, para llevarlos –con el ejemplo de su vida y la predicación, con los sacramentos y demás medios de gracia- a la fe, la libertad y la paz de Cristo” (AG, n. 6).
El sujeto agente de esta misión ya no es un grupo de navegadores solitarios, sino toda la iglesia, “misionera por naturaleza” y cada una de las iglesias particulares. “En esta actividad misionera de la Iglesia se presentan, a veces, entremezcladas diversas situaciones: primero, las de plantación, y después, las de novedad o juventud. Cumplidas estas etapas, la acción misionera de la Iglesia no termina aquí, sino que toca a las Iglesias particulares ya constituidas, el proseguir dicha acción y predicar el Evangelio a los que todavía están fuera” (id.).
Sin embargo, esta dinámica se ha dado muy poco en las nuevas iglesias, originadas en el siglo pasado y asimismo en las iglesias latinoamericanas. A mi parecer, tomando en cuenta las estadísticas ha sido muy limitado el número de misioneros y misioneras que desde toda América Latina hayan sido enviados a evangelizar otros continentes. Más bien, las Iglesias en América Latina se han ido enfocando a una gran misión continental, recientemente confluida a la urgente preocupación por una “nueva evangelización”.
Históricamente, como el mismo Decreto Ad Gentes da testimonio, “en esta noción de la actividad misionera se incluyen realmente también aquellas regiones de América Latina en las que todavía no existen ni jerarquía propia, ni madurez de vida cristiana, ni predicación suficiente del Evangelio. El que estos territorios sean reconocidos de hecho como de misiones por la Santa Sede no depende del Concilio. Respecto a la conexión entre la noción de actividad misionera y determinados territorios, conscientemente se dice que esta actividad “de ordinario” se ejerce en ciertos territorios designados por la Santa Sede” (n.6, nota 37).
En nuestros días, “el campo de la Misión ad gentes se ha ampliado notablemente… y sus destinatarios no son sólo los pueblos no cristianos y las tierras lejanas sino también los ámbitos socioculturales y, sobre todos los corazones” (Benedicto XVI, cit. en Aparecida, n. 375). En realidad, se ha dado un traslado de “un mismo proyecto misionero para comunicar vida en el propio territorio” (Apar., n. 169), “saliendo al encuentro de quienes aún no creen en Cristo en el ámbito de su territorio” (Apar., n. 168).
El Concilio subraya que “la actividad misionera entre los infieles difiere de la actividad que hay que realizar con los fieles y de las iniciativas que hay que tomar para restaurar la unidad de los cristianos” (AG, n. 7). Y va vislumbrando situaciones, confiadas hoy a la “nueva evangelización”: “Por otra parte, los grupos humanos en medio de los cuales vive la Iglesia, se transforman totalmente y crean situaciones por completo nuevas. Debe entonces la Iglesia examinar si dichas situaciones requieren de nuevo su acción misionera… En estos casos (como las circunstancias que imposibilitan proponer el mensaje evangélico) pueden y deben los misioneros con paciencia, prudencia y, a la vez, testimonio de la caridad bienhechora, preparar el camino del Señor”(id.)


