En nuestro camino de fe, es necesario un total abandono en Dios, en todos los acontecimientos de nuestra vida, como lo hace notar San Guido María Conforti en un retiro del 06 de noviembre de 1924; donde expresa que “A Dios se le ve en el universo, en el Crucifijo y en el Sagrario, pero también en todo aquello que sucede. Él actúa directa o indirectamente en cada momento”.
Es propio de Dios y de sus Ángeles cuando actúan en un alma, llevarle luz y consuelo, dice San Ignacio, que siempre trae consigo la alegría y el gozo. “Hay que gustar a Dios, sigue diciendo San Guido, en los sonidos, en el sabor de las comidas y en las comodidades indispensables para la vida. Si el Señor nos visita con consolaciones y nos hace gustar la dulzura de su amor, démosle gracias”.
En repetidas ocasiones, y con motivo de pérdidas de seres queridos, Conforti nos enseña que “el dolor separa de las cosas de la tierra y nos hace conocer la realidad de las cosas, que no tenemos aquí nuestra verdadera patria. Ilumina nuestros pasos y perfecciona la virtud, es el cincel que produce la obra maestra brindándonos ocasiones de mérito al unirnos a Jesús, el primero de los mártires y sólo la Fe con sus inmortales esperanzas puede aliviar tan grave dolor”.
Dios es infinito en todos sus atributos “anuncia un gran gozo” (Lc 2, 10-11), dijeron los Ángeles a los pastores, porque “quita los pecados del mundo” (Jn 2, 29). Su misión es “buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 20). Todo el mal que pudimos haber hecho es nada en comparación del que hacemos cuando nos falta la confianza en Jesucristo, hijo amado de Dios. Por ello la invitación de San Guido en una carta al padre Uccelli, del 26 de Noviembre de 1923, es “tomar todo de las manos de Dios, y de aquí, un argumento para confiar en la divina Providencia con mayor abandono”.
En las imperfecciones de nuestras miserias y la confianza en Dios, somos inválidos y tenemos que considerarnos como tales cuando cometemos alguna falta, porque sin un especial privilegio, nadie puede evitar todas las imperfecciones. Pero el hecho de ver nuestras debilidades debe servirnos para mantenernos en la humildad. Porque, la cumbre de la fe es un libre, total y filial abandono en las manos del Padre, como Cristo en la Cruz: Él es la victoria de la fe. Esta fe ha triunfado por amor, con la pureza del Evangelio y como fruto de continuas luchas, penas, dolores, sobresaltos y desdichas.
Ofrezcamos a Dios todas nuestras imperfecciones, para que las queme en el fuego de su amor. Reúna los falsos inciensos, la falsa mirra, el falso oro, es decir las oraciones distraídas, las mortificaciones incompletas, las obras ofuscadas por intenciones naturales y él las cambiara en igual número de tesoros y de perlas. Todo subordinado al bien de la Misión, dirá finalmente nuestro insigne fundador en su discurso a los que salían a misión el 25 de Marzo de 1926.


