Autor: P. Umberto M. Marsich /
La familia es como la ‘invención de Dios’, o sea, proyecto original suyo. Desde el comienzo, el hombre y la mujer vivían ‘desnudos’, o sea, en perfecta armonía, en un amor recíproco, sereno y espontáneo, a la sombra de Dios. Lo que, luego, sembró cizaña en esa relación amorosa, alterándola y desarmonizándola, fue la experiencia del pecado. El hombre y la mujer, seducidos por la soberbia y el orgullo de ser como Dios, traicionan su misión y se encuentran a vivir entre nuevas limitaciones humanas: “Entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta que estaban desnudos” (Gen 3, 7). El encanto de un amor puro y total se acabó por culpa del pecado humano.
La crisis actual del amor. Después del pecado, el ser fecundos y el ser compañeros, el uno cerca del otro, siguen siendo las razones del encuentro sexual de toda pareja, pero, con siempre mayores dificultades, incomprensiones, egoísmos y resistencias, que lo complican. En efecto, el encuentro sexual de la pareja, hoy en día, se ha vuelto más superficial, vulnerable y egoísta. Además, en lugar de ser vivido como experiencia de unión irreversible y única de la pareja es más fácilmente sujeta a la infidelidad y disolubilidad. El vínculo conyugal, de carácter moral, legal y espiritual, que surge desde el intercambio público del consentimiento para compartir, sólo entre ellos, un proyecto de vida gratificante y estable, fácilmente se violenta y deteriora.
Redescubrir la belleza del amor. Urge redescubrir la belleza del matrimonio cristiano y vivirlo en plenitud. La crisis, hoy, no es propiamente del matrimonio y de la familia ‘tradicional’, sino de la cultura, en la que vivimos y de los esposos. Para ella, todo es relativo y no hay nada absoluto. Además, se niega la existencia de leyes morales naturales, independientes de la libertad humana; tampoco, se aceptan el matrimonio y la familia como instituciones objetivas y universales. Entre los mismos creyentes, se desconocen, inclusive, las dimensiones ‘religiosa’ y ‘sacramental’ del amor conyugal y del matrimonio mismo. En estas circunstancias, será siempre más difícil que la pareja humana reproduzca el proyecto original de Dios sobre el matrimonio y logre ser ‘imagen y semejanza’ suya.
Creados a imagen de Dios. La pareja, por lo tanto, será imagen y semejanza divina en la medida en que reproduzca los mismos dinamismos amorosos, de comunión y unidad, que caracterizan a Dios. Dos personas, entonces, que se aman reproducen algo de lo que acontece en la Trinidad. A la manera de la Trinidad, el esposo y la esposa son una sola carne, un único corazón y una sola alma, no obstante la diversidad de sexo y personalidad.
El amor humano sacramento del amor divino. En esta luz, descubrimos el sentido profundo del amor sexual humano: símbolo y reflejo del amor de Dios para con su pueblo. Revelan el verdadero rostro y sentido último de la creación de la pareja humana, es decir, el de salir de su aislamiento y egoísmo, para abrirse al otro. El resultado de este amor, además, podría plasmarse en la misma ‘fecundidad’, don de la pareja a la humanidad y a la comunidad cristiana. La familia humana, también en estas circunstancias, asume los rasgos de la ‘familia divina’.
Contrariamente a este gran sentido humano y divino del amor conyugal, lo que sobresale, en nuestro tiempo, es su aspecto físico, erótico y de gratificación inmediata. La frustración y desilusión, por tanto, son sus inevitables consecuencias. Lo peor es que, hoy, para evitarlos, en lugar de rectificar la calidad de los actos sexuales, se aumenta la cantidad pasando, fácilmente, de una pareja a otra, como si nada. Y es así como se llega a la ‘profanación’ de la sexualidad, don de Dios. En lugar de favorecer, entre la pareja, la pregustación del amor infinito de Dios, la relación sexual se vuelve ‘técnica de placer’. Despojado de su dimensión ‘religiosa’, el gesto del amor sexual queda mutilado y frustrado.


