
Autor: P. Carlos Mongardi /
Hasta aquí se ha definido la Misión de la Iglesia en el sentido más amplio. Pero los Padres del Concilio Vaticano II querían un decreto sobre las Misiones en el sentido estricto. Este es el objetivo del n. 6 del documento AD GENTES, o “A las naciones y pueblos no cristianos”.
La idea que permite articular las misiones en la Misión es simple: la Misión es una en sí misma, o una suma de actividades, coextensiva con la existencia misma de la Iglesia, pero se ejerce en condiciones diferentes. Estas condiciones llevan a la Iglesia a aplicar sus energías de manera diferente. Donde hay una comunidad cristiana formada, la actividad se llama pastoral; donde no hay una práctica cristiana regular o una vida indiferente a la fe, la actividad se llama nueva evangelización. Allí donde ha de comenzar una cristiandad, o está apenas al comienza, la Iglesia debe predicar el Evangelio -hacer el primer anuncio o kerigma- se llama misión "ad Gentes".
Las misiones se definen como “las empresas peculiares por las cuales los heraldos del Evangelio enviados por la Iglesia cumplen, yendo por todo el mundo, el deber de predicar el Evangelio e implantar la Iglesia entre los pueblos o grupos humanos que todavía no creen en Cristo” (AG, n. 6). Después se agrega que las misiones, con sus actividades propias, se realizan en determinados territorios, vinculados con la Congregación de la Propagación de la fe y sometidos a un derecho particular. Claro está que las misiones no se pueden definir doctrinalmente por un principio territorial: las misiones así como la Misión tienen como objetivo los seres humanos y no las tierras. Sin embargo, es útil –siguiendo una tradición eclesial milenaria- conectar las misiones con el hecho territorial, sin pretender definir las misiones por él.
El Vaticano II, preocupado por conseguir la unanimidad de los votos de los Padres conciliares, no aclaró la relación entre los dos objetivos de las misiones: por una parte, la tesis tradicional de la “implantación de la Iglesia”, una tesis eclesio-centrada y heredera de una tradición que no atribuía valor positivo a las religiones no cristianas, negando la posibilidad de la salvación de los no cristianos. Por otra parte, una teología de la misión, en una perspectiva más cristocéntrica, tradicional como “proclamación del evangelio”, y más nueva como una reflexión sobre el Reino de Dios que ya está presente en toda la historia.
En la práctica, la preocupación dominante en la Iglesia fue la implantación de la Iglesia, que alcanzó una estructura jerárquica en gran parte de la tierra –con obispos, sacerdotes locales-. Al momento del Concilio, había más clero en Francia o en Italia que en toda Asia o África. Quizá hoy se vean las consecuencias por no haber dado la prioridad a la formación cristiana de los convertidos.
Otro problema, que ya se asomaba en la época del Concilio, cuando se empezaba a llamar “Francia, país de misión” o “Europa, continente de misión”, la necesidad de evangelizar todo este continente. La encíclica Redemptoris Missio (1990), habla de la celebración del centenario de las misiones en África, Asia y Oceanía, y de la nueva evangelización que han recibido ya los pueblos de antigua evangelización (RM, 30). La insistencia en esta nueva frontera de la misión encuentra una doble dificultad: la debilidad de una iglesia local poco creíble y la poca creatividad, novedad, inculturación de una evangelización, proveniente de las otras iglesias. Aquí vale el dicho que “a Roma vuelve lo que de Roma sale”, o sea una iglesia demasiado burocratizada y uniforme.

