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Xaverianos

LA FE LLEGA DONDE LA RAZÓN NO ALCANZA

Autor: P. Álvaro Aguado R. /

“Si no titubeamos al prestar fe a la palabra de una persona que consideramos honesta y verdadera, o a la palabra de la ciencia que nos descubre a menudo verdades que no logramos comprender en toda su extensión, ¿por qué rechazamos la fe que nos revela verdades superiores a la capacidad de nuestra razón?”.

 En el camino de la fe, nos dice San Guido: “no nos desalienten los clamores de quien proclama cercano el final de nuestra fe, que en la hora turbia pareciera emitir destellos de luz aún más viva. La sociedad está ya cansada de muchas desilusiones amargas, y por eso se reanima y se sacude al grito de la fe. Grito de la humanidad que retoma conciencia de sí y se avergüenza de haber caído tan bajo. Es el grito de los mismos gobernantes de los pueblos que, viendo el futuro de la sociedad hacerse cada día más preocupante, empiezan a persuadirse de que si el Señor no fuera él el guardián de la ciudad, en vano vela el que la custodia (Sal 127,1). Grito de los que después de haber luchado en vano buscando el equilibrio de la mente y la paz del corazón, en el Evangelio de Cristo por fin encontraron, para su gran suerte, lo uno y lo otro”. Por doquier aparecen rayos de luz que nos ofrecen motivos de esperanza.

En una homilía sobre el “Credo” en 1918, Conforti define; “creer quiere decir prestar el consentimiento de nuestro intelecto a quién nos habla y nos manifiesta un hecho o, nos revela una verdad de la que no tenemos evidencia, porque no hemos podido o querido comprobarla.” Esta fe es indispensable, porque es el vínculo de nuestras relaciones sociales, si se destierra del mundo, hace que cada persona tome la resolución de ya no creer en la palabra de otra, la sociedad se divide, la familia se separa y el individuo se desintegra. Por eso, “en el desarrollo de la vida, tenemos la necesidad de vivir de fe, fuente y manantial de innumerables ventajas”.

Nuestra fe, la misma que la fe de nuestros padres, brilla en medio de las tinieblas, fraternizando en un abrazo a pueblos divididos por océanos y a gentes diferentes en necesidades, en leyes y en costumbres. Es la fe de Aquél que venció al mundo muriendo y perdonando.

La razón formal de nuestra Fe tiene que ser el Evangelio que contiene la palabra de Dios. Y hace falta cumplir con todas las prácticas cristianas, observar las normas de la Iglesia, satisfacer el deber cotidiano de la oración, acercarse a los Sacramentos, llevar una conducta según las enseñanzas de la Fe. Es necesario conducir nuestra vida de forma sencilla pero digna como nos lo hace notar Mons. Conforti. “Una fe, para que sea digna de este nombre, tiene que darle forma a los pensamientos, a los afectos y a las obras de quién la profesa; como se piensa, así se actúa. Pues como nos dice el apóstol Santiago, “la fe sin las obras está muerta en sí misma (Sant. 2,26)”.

La fe tiene que animar mi espíritu, mi corazón y mi voluntad. Mi espíritu vivirá de la fe si lo tengo firme en el pensamiento habitual de Dios, de Jesucristo y de los misterios cristianos y si uso las normas cristianas para juzgar a los hombres y a los acontecimientos. Vivirá mi corazón en la fe si, entendiendo la grandeza de Dios y de la belleza de Jesucristo, lo abro al sentimiento del amor; si a través de una piedad tierna y viva, yo consigo entrar en intimidad con Dios que vive en mí por medio de Jesucristo. Mi voluntad vivirá de la fe sí, no conforme con las emociones religiosas, me esmero en bien vivir para honrar a Dios y usar las energías que su gracia infunde en mí; si considero la religión como una fuerza que quiere producir la santidad de mis acciones.

 “Para vivir la fe hace falta consultarla en todo momento, en todas las contingencias de la vida y comportarse no según la corriente del tiempo… sino según sus enseñanzas, con la persuasión de seguir la verdad y de practicar la justicia. Hace falta creer prácticamente… y autentificar nuestra fe con las obras”. Jesucristo, después de haber dicho a sus Apóstoles: “Permanezcan en mí”. (Jn 15, 9) también les dio el secreto de la perseverancia, pues añadió: “velen y oren” (Mc 14, 38). Ahora, nos dirige a nosotros estas palabras, que son baluarte en donde podemos cimentar nuestra fe.