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P. José Luis Vega s.x.

Ese mágico universo

Últimamente, dentro de las noticias tanto nacionales como internacionales, se ha vuelto muy de moda hablar sobre el tema de la inclusión. Es decir, la integración de sujetos, pero principalmente de grupos de personas a las principales formaciones sociales. Con estas iniciativas, lo que se pretende es reconocer los derechos de las minorías y hacerlos valer dentro de nuestros sistemas jurídicos y sociales. La propuesta es sumamente justa, bastante atractiva, mayormente aceptable y aceptada.

Este mes yo les quiero hablar sobre un grupo minoritario que más que ser sujeto de inclusión debe, por necesaria justicia, ser reconocido y valorado, puesto que forma parte de nuestras propias raíces culturales, folclóricas, artísticas, religiosas… Sin embargo, durante bastante tiempo ha sido objeto de relegación y discriminación, lo cual es demeritorio para nosotros y tan ilógico como querer cortar la rama donde estamos sentados, sabiendo que, si esta cae, caemos también nosotros.

El grupo, o más bien dicho, los grupos a los cuales me estoy refiriendo, son nuestros pueblos indígenas o pueblos originarios como últimamente se les ha querido llamar. Este último término me parece más adecuado, pues a pesar del mestizaje que poseemos la mayoría de los mexicanos, este término nos recuerda de quién es originalmente la tierra que pisamos, heredamos, disfrutamos en sus diferentes ecosistemas y que nos hace sentir tan orgullosos y bendecidos.

Nos recuerda los orígenes de nuestros mundialmente conocidos tacos, guacamole, tamales y salsas solo por mencionar algunas de las obras maestras de nuestro vasto arte culinario tan cotizado alrededor del mundo.

Cómo podríamos no incluir, agradecer y dar un lugar respetable a quienes nos han heredado la danza donde se mezcla el colorido de los tejidos, la música compuesta por una gran gama de sonidos que parecen imitar a la naturaleza, que van desde los sonidos graves de los tambores utilizados por los tarahumaras al norte de nuestra nación, pasando por la gran diversidad de flautas y flautines como las chirimías que utilizan algunas de las culturas en el centro de nuestro territorio nacional, sin olvidar las sonajas típicas que distinguen singularmente a las culturas del sur de México.

No podemos apropiarnos del majestuoso arte de las diferentes culturas originarias sin exigir el valor, la justicia, la paz y el bienestar para las manos, las mentes y los corazones que lo generan, lo preservan y nos lo transmiten. Hacer mofa y excluir a estos connacionales es como denigrar y desintegrar voluntariamente nuestro propio ser. Es como lacerar aquello que históricamente llega a tocar hasta nuestras raíces más profundas, como el propio milagro del cerrito del Tepeyac y nuestra morenita de Guadalupe preciosamente envuelta en una hermosa simbología de la cultura náhuatl a la manera de códice.

A ti, respetable lector de la revista Xaverianos, te invito a conocer ese mágico universo de las culturas de los pueblos originarios para comprender la riqueza y solidez de quienes llevan esculpido en su propio cuerpo, rostro, tradición y lenguaje la maravilla del origen de nuestra nación.