Desde chico he escuchado de la audacia y creatividad de los misioneros de la primera evangelización en México, muchos de ellos personas excepcionales, con una humanidad enriquecida de múltiples talentos, motivados por los más nobles ideales y un espíritu abierto a la práctica cotidiana de la virtud y la contemplación. No faltan quienes critican sus acciones o actitudes que hoy podrían ser considerados y juzgados negativos o contraproducentes a sus objetivos. Sin embargo, es posible no reconocer el esfuerzo de sus intrépidas y muchas veces heroicas iniciativas, orientadas a establecer junto a la predicación del Evangelio, horizontes de nuevas esperanzas, sobrevivencia y desarrollo para los pueblos originarios de estas tierras.
Entre la herencia de fe y cultura de esas primeras décadas de evangelización, destacan en nuestra patria, una vasta cantidad de obras arquitectónicas destinadas al uso conventual y a la actividad evangelizadora realizadas por los frailes de las órdenes enviadas al nuevo mundo.
Obras materiales para comunicar Ideales
Para realizar la tarea recibida de evangelizar a los pueblos mesoamericanos, crearon conventos e iglesias con una gran cantidad de elementos simbólicos y didácticos, con los cuales, los primeros misioneros del nuevo mundo quisieron expresar en las nuevas obras, por medio de la arquitectura, la pintura de frescos, esculturas y el uso mismo de espacios sagrados, los modelos antiguos y del Renacimiento, las ideas del milenarismo, de la Contrarreforma y de un nuevo humanismo que se proponía la refundación misma de la Iglesia.
Espacios y formas sagradas
Los pueblos mesoamericanos experimentaban una profunda religiosidad en su vida cotidiana. La dependencia y relación con los elementos naturales y la estructura social estaba basada en buscar la armonía con el mundo sobrenatural. La evangelización buscará de responder a los misterios de la vida y su plenitud presentando el Evangelio como propuesta de un orden nuevo, partiendo de los lugares y elementos sagrados los pueblos originarios. Muchas veces sobre algunos sitios rituales prehispánicos se elevarán centros de evangelización y culto.
Uniendo diversos mundos
Así, la arquitectura producida por los evangelizadores no es una simple copia de la europea, ya que logrará una nueva identidad, uniendo la tradición conventual de Europa con materiales, formas y mano artesanal de nuestros pueblos. Esta unión no solo integrará dos culturas, ya que asimilará también en este proceso, elementos de la experiencia misionera de Asia y África, además, estará forjando las bases para la formación de nuevos misioneros.
Comunidades conventuales para formar nuevas comunidades
El apoyo a los evangelizadores es remarcable, como lo es también su esfuerzo y celo apostólico. En menos de cien años, la unión entre frailes y pueblos nativos, edificaron cerca de 272 estructuras conventuales, muchas de ellas se mantienen hasta ahora. Algunas mantienen su finalidad original, otras fueron expropiadas y transformadas en museos, centros culturales, escuelas u oficinas de gobierno. Queda claro que muchas de esas estructuras no solo dieron forma a la comunidad religiosa que las fundaba, sino que pronto se transformaron en el centro social de nuevas ciudades y comunidades para los pueblos originarios.
Funcionalidad
A pesar de la importancia de los nuevos templos, se crea un área de gran importancia: el atrio. Un espacio externo donde se podía catequizar o celebrar con grandes grupos. Pero, la evangelización no se limita solamente al templo, las comunidades realizarán muchas actividades en estos espacios abiertos, ofreciendo teatro y representaciones catequéticas, y llegando a desarrollar una variedad de artes y oficios, aprendizaje de la lengua y servicios de salud, una misión con puertas abiertas, dando luz a nuevos métodos e instrumentos misioneros.



