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P. Guillermo Jiménez s.x.

Igualdades y diferencias del ser humano en la Biblia

La Biblia nos habla de la creación del mundo para que comprendamos que el Creador de todo es el Dios único, y nos lo relata de dos maneras diferentes; veamos lo que concierne específicamente a la creación del ser humano, tratando de vislumbrar el plan de Dios sobre la igualdad y la diferencia. En el primer relato (cfr. Gn 1,1-2, 4a) encontramos estas palabras: Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (Gn 1,26-27).

Podemos contemplar aquí que la igualdad entre los seres humanos tiene su origen en el proyecto divino de hacerlos a su imagen y semejanza, es decir que, cumpliendo con este deseo de Dios, ser imagen y semejanza suya, se realiza en nosotros el plan de Dios de que seamos iguales entre nosotros. La última frase parece poner de relieve una diferencia: le creó macho y hembra, sin embargo, es la afirmación de que tanto el varón como la mujer son seres humanos, están al mismo nivel, a pesar de la diferencia sexual que es innegable.

El segundo relato de la creación (Gn 2,4b-2,25) continúa con la misma idea de igualdad entre el varón y la mujer, algo muy notorio en la exclamación del varón al ver a la mujer: Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne (Gn 2,23). No es como los animales que pasaron delante de él (cfr. Gn 2,19-20), sobre los cuales manifestaba un poder al darles el nombre, sino que es igual a él y lo expresa con la frase hebrea utilizada para manifestar la igualdad: hueso de mis huesos y carne de mi carne. Otra manifestación de la igualdad que el Creador estableció entre el hombre y la mujer, la encontramos en lo que el autor sagrado escribe con referencia al matrimonio: por eso el varón deja a su padre y a su madre y se une a su mujer y los dos son una sola carne (cfr. Gn 2,24). No se puede negar la diferencia sexual, sin embargo, en el proyecto divino, esta diferencia es para unir, no para dividir y mucho menos para dominar.

Existe un último versículo, en el segundo relato, que refuerza la igualdad original del ser humano y, a la vez, prepara una de las consecuencias de la desobediencia a lo que Dios ha establecido; el autor sagrado nos lo presenta de esta manera: Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro (Gn 2,25). Podemos concluir lo mismo que el autor sagrado había dicho: Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien (Gn 1,31).