Autor: P. Carlos Mongardi /
La universalidad de la misión o la actividad misionera como evangelización de la humanidad no cristiana viene subrayada desde el comienzo hasta el fin del decreto del Concilio Vaticano II, Ad Gentes. En el párrafo introductorio repite esta dimensión universal de manera parecida: “Enviada por Dios a las naciones… la Iglesia se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres.” (AG, n.1).
“Los sucesores de los apóstoles están obligados… a que el reino de Dios sea anunciado y establecido en toda la tierra” (AG, n.1). “El Pueblo de Dios, caminando por el estrecho sendero de la cruz, extienda por todo el mundo el reino de Cristo Señor” (AG, n. 1).
La misión universal es presentada como un envío, un esfuerzo y una obligación de anunciar el Evangelio o el reino de Dios a todos los pueblos, “para que en él, formen los hombres y mujeres, una sola familia y un único Pueblo de Dios” (AG, n.1). Tiene como sujeto agente a la Iglesia, a los sucesores de los apóstoles y a todo el Pueblo de Dios. Los destinatarios de esta obra de salvación y reunión son los hombres y las mujeres de todos los pueblos de la tierra. Esta misión universal tiene hoy una mayor urgencia en el actual orden de las cosas –baste recordar el número de los cinco mil millones de no cristianos en nuestros días- y en las nuevas condiciones que están surgiendo para la humanidad.
El designio y el propósito de Dios Padre
El propósito universal de Dios en favor de la salvación del género humano no queda en secreto, ni en el corazón de Dios y ni se realiza solamente en el alma de las personas. En el proceso de la revelación bíblica, este propósito dimana del amor fontal o caridad de Dios Padre, que nos ha creado libremente por un acto de su excesiva y misericordiosa benignidad y nos ha llamado, por su gracia, a participar con Él en la vida y en la gloria, procurando en todos los seres humanos a la vez su gloria y nuestra felicidad (Cfr. AG, n. 2).
Dios Padre realiza su plan de salvación universal por la generación de su Hijo y la encarnación por nosotros y, por la efusión del Espíritu Santo, por el que “Dios no está lejos de cada uno de nosotros” (Hch 17,27). Además no hay que olvidar que “Dios quiso llamar a todos a participar de su vida no sólo individualmente, sin mutua conexión alguna entre ellos, sino constituirlos en un pueblo en el que sus hijos, que estaban dispersos, se congreguen en unidad” (AG, n. 2).
La misión del Hijo y del Espíritu Santo
El Padre entró en la historia humana de modo nuevo y definitivo, enviando a su Hijo en carne nuestra, para en Él reconciliar consigo al mundo y para dar plenitud a los esfuerzos humanos, que pueden considerarse como pedagogía hacia el verdadero Dios o preparación para el Evangelio.
El hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos, es decir, todos. Jesús reconoce que “el Espíritu del Señor está sobre Él y lo ha ungido y enviado a evangelizar a los pobres y anunciar la liberación a los oprimidos” (Lc 4, 18). Lo que Jesús había predicado y obrado para la salvación del género humano, ordenó que fuera proclamado y difundido en todo el mundo (Cfr. Mc 16, 15) hasta los confines de la tierra (Hch 1,8) (AG, n. 3).
El Espíritu Santo, que actuó en la misión de Jesús y que actúa desde antes de Jesús y más allá de su misión, fue enviado como el impulso, la luz y el fuego del amor para la misión en todas las naciones. (AG, n. 4). Él anima a la Iglesia, como sacramento de salvación del género humano, y a los apóstoles o misioneros de todos los tiempos a ser testigos de Jesús, entre todas las naciones (Mt 28, 19), hasta los confines de la tierra (AG, n. 5).


