Autor: P. Álvaro Aguado R. /
En una homilía de 1910 en la catedral de Parma, Conforti hablando sobre la fe, dice: “El corazón es santuario de todas las virtudes, centro de donde se elevan al cielo todos los suaves perfumes del alma, donde reside la fe. Si el corazón queda ajeno, la persona podrá tener un conocimiento de las cosas que debe creer, y si quieren, también una convicción, pero nunca la fe. El conocimiento forma al sabio, no al cristiano.
La sola fe es aquella fe que nace, como dice Agustín, de lo más íntimo del corazón, y forma al verdadero cristiano: “La fe viene de las entrañas del alma”. Se dijo entonces con mucha sabiduría que la fe es un amor que cree. Si el amor no ha abierto nuestro corazón; si la verdad no ha llegado a afianzarse, a arder, a vivificarse en este hogar misterioso de la vida; si el alma no la ha atraído a su voluntad con sus suspiros, con sus aspiraciones, no habrá nunca fe, fe sobrenatural, viva y activa.
Sólo mediante el consentimiento que la voluntad da a lo auténticamente revelado, llega la persona a sacrificar la propia razón a la razón infinita, despojándose del propio orgullo para adherirse a la verdad propuesta por la fe. Un acto semejante puede provenir sólo del amor, porque el amor es la ley de la personalidad humana, es la facultad soberana que se impone a todas las demás, es el centro vital de donde parten y tienen término todos los movimientos que vivifican el organismo espiritual.
La fe, por tanto, fuerza sobrenatural que nos hace adherirnos a Dios, a pesar de todas las oscuridades en que se envuelve y nos hace capaces de enfrentar alegres el patíbulo y de morir contemplando el cielo, no puede separarse del amor. Por eso fue escrito: si quieren creer mucho, amen mucho. Oh, ustedes que buscan la fe en los libros de ciencia, entre el ruido de las discusiones, o en las solitarias meditaciones de su pensamiento, bajen al íntimo de su corazón, y allá encontrarán el amor que les regala la fe. Sí, si ustedes quieren creer mucho, amen mucho».
La fe es un tema fundamental para San Guido, por eso, en 1913, escribe una carta a su clero, en donde les expresa que en la vida la fe incide en las decisiones del día a día y les dice: «La fe, como ustedes bien saben, es la raíz de cada justificación, el fundamento de cada virtud, el alimento de la vida cristiana. Hemos recibido la vestidura blanca el día de nuestro Bautismo, pero hace falta perfeccionarla mediante las acciones pertinentes, de manera que nuestra fe, de habitual debe hacerse actual, informando, vivificando todos los actos de nuestra vida. Por eso, se escribió que “el justo vive de fe” Rom. 1,17 y, por lo tanto, no basta con tener fe para ser justificados, sino que hace falta vivir la vida de fe que se manifiesta en las obras. Y vivir la vida de la fe quiere decir actuar siempre en conformidad con sus enseñanzas.
Para pentecostés de 1918 Conforti saca a relucir su misionariedad al hablar sobre el credo, y lo explica así: «Dios ha enviado a Su Unigénito para que fuera nuestro Maestro e hiciera accesibles a nuestros ojos, por medio de su humanidad, los resplandores de la divinidad y de sus infinitas perfecciones. Él apareció en medio de nosotros lleno de gracia y de verdad; por tres años consecutivos recorrió los caminos de Judea y de Galilea anunciando a todos su palabra de vida, confirmándola con los más extraordinarios milagros, y a punto de dejar este mundo para volver a su Padre celeste, que lo mandó, les dijo a sus Apóstoles: “Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad. Quien crea y se bautice se salvará; quien no crea se condenará” Mc 16, 15-16.
Ellos, antes de esparcirse sobre la faz de la tierra en obediencia al mandato recibido, redactaron de común acuerdo una fórmula de fe destinada a ser enseñada por doquiera; una fórmula de fe que compendiara la revelación hecha por Dios a lo largo de los siglos y especialmente por medio de su Unigénito; una fórmula de fe que fuera la contraseña de los verdaderos creyentes que habrían acogido con perfecta adhesión de mente y corazón la buena nueva. Y así tenemos el símbolo apostólico que después de diecinueve siglos seguimos recitando como lo recitó la primera generación cristiana».


