A lo largo de la historia de la humanidad, la educación ha sido identificada como el motor del desarrollo y progreso de todos los pueblos, no obstante, la diferencia de razas, de culturas, de situaciones geográficas, económicas o de cualquier otra índole. La educación es casi, para la mayoría de los grupos humanos, un derecho natural de las personas, aunque las formas y los métodos de proponerla son tan variadas, según las circunstancias, todas apuntan hacia ella como la mejor propuesta de inmortalizar el pasado, de dejar huella mientras se escribe el presente y de direccionarse hacia un futuro prometedor.
Actualmente, y a más de medio año de vivir separados los alumnos, por lo menos de la forma habitual de las escuelas, no necesitamos prueba alguna para comprender que la educación va mucho más allá de la asistencia a las mismas y del contacto con compañeros y maestros en los centros educativos.
Nos ha quedado claro que la educación es algo que se hace nacer, se provoca, se cultiva, se acrecienta, se protege, de forma individual, pero, sobre todo en colaboración para que así sus beneficios tengan efecto en todos los ámbitos en donde se desarrolle la vida de las personas.
Las clases en línea han puesto de manifiesto que el aprendizaje de las asignaturas necesita la paciencia, el cuidado, la atención y el interés constante de los padres de familia u otros miembros que funjan como tutores o personas de apoyo en el aprendizaje de los alumnos. Nos ha dejado ver abiertamente que la disciplina y los métodos de estudio tienen que ser plantados y cultivados en la convivencia familiar y relacional, sea con los vecinos y los otros miembros del entorno de las personas, sobre todo a temprana edad.
Pero también nos ha revelado la importancia de los educadores en la vida y el crecimiento de las nuevas generaciones y que no en pocas ocasiones la habíamos tenido subvalorada y en algunos casos, penosamente, ignorada con un fuerte toque de ingratitud.
En resumen, la verdad es que si queremos que la educación sea lo que hemos mencionado unas líneas atrás, no hay magia que nos la brinde de forma automática. Debe haber, más bien un compromiso en todo sentido y en toda circunstancia que de paso al desarrollo físico, mental y espiritual de las personas, a saber: una comunicación sana en la familia y con el entorno social que defina roles y la justa importancia de los mismos.
Es necesaria también, una disciplina en el manejo de la distribución del tiempo para el desarrollo de las actividades, puesto que claramente identificamos que la educación es mucho más que el puro aprendizaje académico que desarrolla solo el intelecto.
Para una educación adecuada e integral, también es necesario un buen equilibrio alimenticio, la práctica del deporte, así como el respeto de los momentos de convivencia, descanso y sueño. También es importante la necesidad del silencio para la reflexión y la meditación que despierten la creatividad y el ingenio y que den a las personas una visión real de sus capacidades, pero también de sus límites, y sobre todo de sus posibilidades de crecimiento de manera personal y con el apoyo de los demás, incluido en todo esto el ámbito espiritual, es decir nuestra relación con Dios de quien proceden nuestros dones.
La lectura de las cartas de san Pablo, son para todo cristiano, una clave de lectura que comprende todas estas características ya mencionadas, catalizándolas con el esfuerzo de todos, en la construcción del Reino de Dios y la realización de toda persona y pueblo con sus justas particularidades con respeto. Tras esta pequeña reflexión, no resta más que pensar que todos, sin exclusión, tenemos la oportunidad y responsabilidad de participar en la educación propia y la de los demás.



