Esa tarde había llevado algunas bolsas con ropas y medicinas hasta la parroquia de Santiago Apóstol en Tlatelolco, cerca del corazón de la Ciudad de México, ahí las podrían distribuir a personas y comunidades afectadas en este tiempo de crisis sanitaria y socioeconómica. La parroquia forma parte de un conjunto de estructuras conocido como Plaza de las Tres Culturas. Este nombre proviene de tres construcciones que datan de tres periodos históricos, ya que al lado del templo cristiano son visibles los vestigios arqueológicos de la ciudad de Tlatelolco, donde la resistencia mexica resistió el embate de Hernán Cortés y las fuerzas españolas que le acompañaban, junto con los guerreros de los pueblos que se aliaron para derrotar al imperio mexica. Al lado de estas estructuras está el moderno edificio llamado Torre Tlatelolco que fungió como sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores hasta el año 2005.
Antes de volver a casa, entré a la Iglesia para hacer una oración en ese lugar, una de las primeras erigidas poco tiempo después de la caída de las fuerzas aztecas; en mis pensamientos elevados a Dios quise hablarle de las víctimas de las guerras, de la violencia y de las pandemias, pidiendo que no falten hombres y mujeres que sigan proponiendo y construyendo proyectos de esperanza en el mundo.
Precisamente, junto a ese recinto, se encuentra el ex convento y colegio de la Santa Cruz, donde fray Bernardino de Sahagún trabajaría arduamente junto a otros religiosos para rescatar la cosmovisión de las culturas que estaban siendo dominadas, con la esperanza de poder conocerlas más profundamente y así, contribuir en su momento a una evangelización más adecuada.
La Plaza de las Tres Culturas, fue también el escenario donde hace cincuenta y un años, en el fatídico 1968, se reprimió violentamente una nutrida manifestación del movimiento estudiantil.
Varias fueron las plazas del mundo donde las jóvenes generaciones expresaban su deseo de cambio frente a regímenes absolutistas o en contra de las guerras de aquella época, muchas siguen siendo, también hoy la expresión de la búsqueda de paz y justicia que siguen brotando en diferentes rincones del mundo.
Cruzo la plaza con un canto de esperanza en mi mente, pido a Dios que siga inspirando a los nuevos misioneros, el deseo de estar dispuestos a llevar la buena nueva del Evangelio a todas las plazas del mundo. La vocación misionera es una expresión de búsqueda de encuentro y comprensión del Otro. Llamados a salir por las veredas y encrucijadas de la humanidad con una tarea singular y audaz, la misión nos llama a evangelizar, colocando en diálogo la buena nueva con la cultura; es sembrando la semilla que debe transformarse, porque solo desde dentro y a través de la cultura la fe cristiana llega a hacerse histórica y creadora de historia.
Regreso a casa, orando para que surjan nuevos misioneros para este tiempo, para este mundo sediento de humanidad, de encuentros de paz y de diálogo verdadero. Agradezco la vocación de aquellos hermanos que siguen compartiendo su oración, su servicio y su canto para que venga el Reino de Dios en cada una de las mil plazas y culturas de nuestro mundo.



