En esta ocasión quisiéramos tomar los números 15 y 16 que nos hablan de la animación misionera y de la promoción vocacional. Aunque estos dos artículos de las Constituciones no aparecen formulados de manera específica en las Constituciones de 1921, sin embargo, fue una práctica constante en la vida de nuestro santo fundador, un gran animador de la Iglesia italiana y de la Iglesia universal en su despertar y compromiso por la misión ad gentes.
Monseñor Conforti, siendo un obispo diocesano, participó activamente en la fundación y guía de la Obra Pontifical Misionera, la Unión Misionera del Clero, contribuyó, con su aporte espiritual y teológico en la concepción y redacción de la primera Carta Apostólica de Benedicto XV, Maximum illud, y un sinnúmero de actividades de animación misionera en su diócesis. Todo ello le ayudó a recibir el apelativo de Pastor de dos rebaños, pues si dedicaba toda su vida a la formación de vocaciones misioneras a través de su naciente Instituto, también se dedicaba con todas sus fuerzas a la animación misionera de su diócesis, Parma y de la Iglesia italiana.
Recordemos con agrado la descripción que hacía de él su Santidad Juan Pablo II, el día de su beatificación: Llamado a ser Pastor de una porción del pueblo de Dios en una zona donde había un preocupante abandono de la fe, Guido María Conforti descubrió en el camino de la misión ad gentes un camino providencial para "dejar fluir una nueva corriente de vida divina en las almas de los creyentes, aumentando en ellas el fuego de un gran celo misionero" (San Juan Pablo II, 17 de marzo de 1996, Homilía en la Misa de beatificación de monseñor Guido María Conforti).
Su compromiso por la misión no se limitaba a la sola animación, sino que invitaba o acompañaba el nacimiento de vocaciones misioneras para la Iglesia universal, a pesar de las dificultades en las que le tocó vivir, la Primera Guerra Mundial, la crisis europea de ese tiempo, etcétera, monseñor Conforti solía recordar la invitación de Jesús a Pedro para sí mismo y para los demás: “Ve mar adentro ... No temas” (Lc 5,4,10). De hecho, estaba convencido de que una de las formas más eficaces de revitalizar la fe en las tierras de la antigua evangelización, era trabajar en la proclamación del Evangelio a quienes aún no lo conocían. La vigencia de la vocación misionera ad vitam, reafirmada por la encíclica Redemptoris missio (cfr. n. 66), fue propuesta por él de manera radical a sus misioneros a través del voto de misión. Y no pocos de sus hijos espirituales han mantenido la fe en este compromiso hasta el martirio (San Juan Pablo II, 17 de marzo de 1996, Ibidem).
Al recordar pues estos números 15 y 16 de las Constituciones, estamos llamados a asumir este compromiso de frente a nuestras iglesias, a nuestros jóvenes, a nuestros fieles cristianos, quizá sumidos en el temor, por culpa de esta pandemia y del materialismo que adormece y paraliza el alma y bloquea todo intento de salida hacia el otro. En este contexto, la pregunta que Dios hace: “¿A quién voy a enviar?”, se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: “¡Aquí estoy, envíame!” (Is 6,8). Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal (cfr. Mt 9,35-38; Lc 10,1-12) (Papa Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de Misiones 2020).
Para nosotros xaverianos, la animación misionera y la promoción de vocaciones misioneras no es una actividad más en nuestro diario actuar, al contrario, es una manera concreta de vivir nuestro carisma y de dar testimonio del ejemplo vivido por nuestro santo fundador. ¿Qué hacemos para promover las vocaciones misioneras? ¿Nuestra presencia en las parroquias, en los diferentes grupos a los que participamos genera conciencia misionera ad gentes y compromiso por la misión? Ante la pregunta de Jesús: ¿A quién enviaré?, ¿tenemos una respuesta?



