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P. Guillermo Jiménez s.x.

Jesús, misionero del Padre

Luego de reflexionar sobre algunas personas que fueron enviadas por Dios, en favor de su pueblo en el Antiguo Testamento, y que son vistas como anticipación del que tiene que venir, veamos algunos pasajes evangélicos donde se presenta a Jesús como enviado, además de la misión que viene a cumplir.

¿Qué es lo que empuja a Dios Padre para enviar a alguien y, de manera específica, a Jesús? Lo tenemos bien expresado en el Evangelio según san Juan: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). Este versículo nos manifiesta claramente que cuando Dios envía a una persona, lo hace porque nos ama con un amor inmenso; es el motor que mueve a Dios para enviar a su Hijo.

¿Con qué finalidad lo envía? En el versículo siguiente se nos da a conocer: Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3,17). Dios no quiere condenar, ni juzgar, sino salvar a través del Hijo y por medio de Él. San Juan pone en boca de Jesús unas palabras que reflejan su conciencia de ser enviado y de la misión a cumplir, principalmente cuando dice: No he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo (Jn 12,47); puesto que trata de salvar al mundo, quiere dar vida al mundo: He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). ¿Cómo? Haciendo la voluntad del que lo ha enviado, motivo por el que ha bajado del cielo (cfr. Jn 6,38), que incluso se convierte en su alimento (cfr. Jn 4,34).

San Lucas, con un estilo muy diferente del que usa san Juan, manifiesta la conciencia de Jesús de ser un enviado empleando palabras del profeta Isaías, en la sinagoga de Nazaret, lugar en el que pone el inicio de su ministerio público: El espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4,18-19). Aquí tenemos la proclamación del año de gracia del Señor, ya que no viene a juzgar ni a condenar, sino a dar una vida mejor a los que sufren (cautivos, ciegos, oprimidos), expresado por san Juan con la vida en abundancia.

La misión no termina con el regocijarse por el éxito en algún lugar, porque el envío es muy basto; Jesús tuvo una buena acogida en su primer lugar de predicación, según san Marcos (1,21-37), pero ante el deseo de sus discípulos de que se quede en Cafarnaúm, Él dice: Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también predique allí: pues para eso he salido (Mc 1,38).

¡La misión continúa!