Soy el padre Rafael López Villaseñor, misionero xaveriano, natural del municipio de Arandas, Jalisco, el segundo hijo de don Porfirio y doña María, de una familia numerosa de siete hombres y tres mujeres.
Desde niño sentí el llamado de Dios a la vida misionera. El contacto con la lectura de revistas misioneras como Aguiluchos y la vida de algunos santos misioneros como Mateo Ricci, alimentó mi vocación y me llevaron a sentir más fuerte el llamado de Dios para anunciar el Evangelio en tierras lejanas. Entré junto con mi hermano (Antonio, que trabaja en Camerún) en el recién creado seminario menor xaveriano de Arandas en 1979, para hacer la secundaria, siendo la segunda generación. Recuerdo con cariño que todo era nuevo desde la casa, al estilo de vida con horarios bien definidos. Luego, estudié la preparatoria en el seminario de San Juan del Río.
En Salamanca hice el postulantado y noviciado, emitiendo la primera profesión religiosa el 14 de agosto de 1988. Después de estudiar filosofía en Guadalajara y del año de servicio en San Juan del Río como prefecto, fui destinado en 1991 a la ciudad de São Paulo para hacer la teología.
Durante la teología tuve la oportunidad de unir los estudios con la práctica pastoral en la más grande favela de São Paulo. Aprendí a ver el rostro sufriente de Dios en los pobres y acompañar las angustias y las alegrías del pueblo pobre y marginado participando en los movimientos populares que luchan por una vivienda digna, salud, educación, salario digno, uniendo la fe con el compromiso social. Mi participación en las CEB’S (Comunidades Eclesiales de Base) fue fundamental para entender que el pobre no es solo en el aspecto económico, sino también cultural, espiritual, religioso, en los valores...
La ordenación presbiteral fue el 6 de enero de 1996, junto con el padre Antonio, en el seminario de Arandas. Fue un día muy significativo por ser la fiesta de la Epifanía del Señor.
Durante diecisiete años trabajé directamente en la acción misionera pastoral de tres diferentes parroquias, en las periferias de las grandes ciudades de Curitiba y de São Paulo. En estos años pude hacer una fuerte experiencia del Dios de la vida, trabajando en lugares muy pobres, con personas muy religiosas, en medio de la proliferación de iglesias evangélicas pentecostales organizadas en torno a pastores, que presentan propuestas de curación, exorcismo y prosperidad, sin restricciones morales y culturales, muchas veces abusando de la necesidad de las personas.
São Paulo es una ciudad con cerca de 21 millones de habitantes. El lugar donde vivimos está ubicado en el extremo este, se necesitan alrededor de dos horas y medias en autobús para llegar al centro de la ciudad que se encuentra a 35 kilómetros. Más o menos la mitad de la población es evangélica o protestante. Son los últimos barrios caracterizados por la segregación de la población pobre, que vive en edificios y casas tipo Infonavit, además existen muchas favelas y colonias populares.
Son zonas de mucha violencia, delincuencia, tráfico de drogas... La mayoría de la población está formada por migrantes que llegaron del nordeste del país en busca de mejores condiciones de vida. En el campo religioso se subraya el avance de las iglesias pentecostales, que ocurre más rápidamente entre los más pobres y abandonados. El peso de los católicos disminuye. Parece contradictorio, la Iglesia hace opción por los pobres y los pobres hacen opción por las iglesias evangélicas. Es interesante, que muchas veces las personas son católicas en su lugar de origen, pero cuando migran a la ciudad se vuelven evangélicos, o dejan de lado la religión. Parece que la única preocupación en la ciudad es la propia sobrevivencia.
Los xaverianos en esta realidad desarrollamos la acción misionera en la línea de las CEB’S, organizando la parroquia en comunidad de comunidades, con la formación de líderes y de ministerios laicos como de la Palabra, Bautismo y Eucaristía. El gran desafío es atender los clamores del pueblo que vive en la pobreza, también existe la preocupación misionera con los católicos alejados de la Iglesia. Cada vez más intentamos responder a la invitación del papa Francisco de ser una Iglesia en salida, con las puertas abiertas.
Ser misionero en esta realidad significa ser cercano y solidario como Iglesia. El gran reto de la acción pastoral misionera es organizar la vida parroquial en una red de comunidades, donde los católicos pueden cultivar la vida eclesial, religiosa y expresar su fe, con la finalidad de mantener una fe viva, comprometida con la realidad, transformadora, colaborando para la construcción del proyecto del Reino de Dios.
Durante los años que trabajé en la acción pastoral misionera en la periferia de São Paulo, experimenté al Dios de la vida, muy concreto en medio de los pobres. Pero también, tuve la oportunidad de unir teoría y práctica, siendo párroco de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús y obtener un doctorado en Ciencias Sociales Religiosas por la Pontificia Universidad Católica de São Paulo.
Para terminar, me dirijo a todos los jóvenes que sienten el llamado de Dios para seguir a Jesucristo, como misioneros o misioneras, no tengan miedo. Vale la pena apostar todo por la causa del proyecto de Jesús, que es también el nuestro: anunciar el Reino de Dios.



