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En la Sagrada Escritura tenemos a algunas personas que recibieron, de parte de Dios, la misión de gobernar al pueblo elegido –e incluso la de algún otro pueblo– para bien de todos.

Siguiendo el primer libro de Samuel, el pueblo de Israel pidió un rey para que nos juzgue, como todas las naciones (1S 8,5). Dicha petición no agradó a Samuel, sin embargo, Dios le dice que lo haga: Me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos (1S 8,7). Dios era visto como el que guía al pueblo, algo que está muy claro en el libro del Éxodo e incluso en los relatos posteriores; aquí se nota que quieren sentirse como los demás pueblos, con un rey que salga al frente del pueblo en las guerras, un rey al cual puedan consultar físicamente para que imparta justicia.

Antes de darles un rey, Samuel enumera varios inconvenientes que impondrá el rey al pueblo, tanto para bien suyo como para bien de sus servidores, como campos, ganado, jóvenes y señoritas: Ustedes mismos serán sus esclavos (1S 8,17), pero el pueblo reafirma su deseo de ser como los demás pueblos.

Los inconvenientes enumerados en 1S 8,10-18 contrastan con lo que se proclama del rey, en otros lugares de la Biblia, sobre todo con respecto a David: Eligió a David su servidor, le sacó de los apriscos del rebaño, le trajo de detrás de las ovejas, para pastorear a su pueblo Jacob, y a Israel, su heredad. Él los pastoreaba con corazón perfecto, y con mano diestra los guiaba (Sal 78,70-72).

El rey ideal es el Mesías esperado, cuyos atributos son enumerados en varios lugares, pudiendo mencionar sobre todo los del Salmo 72 (71): Él hará justicia a los humildes del pueblo, salvará a los hijos de los pobres… él librará al pobre suplicante, al desdichado y al que nadie ampara; se apiadará del débil y del pobre, el alma de los pobres salvará (Sal 72,4.12-13). A este Salmo podemos añadir algunos pasajes del profeta Isaías, principalmente el capítulo 11 que es muy utilizado en el adviento: Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará… Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra… Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos (Is 11,1.4ª.5).

El signo visible de la elección, hecha por Dios, era el derramamiento de aceite sobre la cabeza del próximo rey, muy claro en los primeros –Saúl y David– por lo que al rey se le da el nombre del Ungido de Yahveh, que en hebreo es una palabra semejante a Mesías (ver 1S 10,1; 1S 16,13).

Los judíos esperaban la venida de un Mesías (Ungido), descendiente de David, para ser liberados de los demás pueblos, mientras que Jesús se presenta como un enviado de Dios muy diferente del que ellos esperaban.

Con nuestra unción bautismal, también nosotros estamos llamados a vivir como elegidos por Dios para guiar a los demás.