Al llegar a la central, una elegante señora se enteró que el autobús en el que viajaría estaba con retraso. Fastidiada compró una revista, una botella de agua y un paquete de galletas, se sentó en la sala de espera y comenzó a hojear la revista. Al poco rato un joven extranjero se sentó cerca de ella, abrió un paquete de galletas que puso en la silla de al lado y comenzó a comer.
Al darse cuenta la señora, bruscamente agarró una galleta mirando fijamente a los ojos al joven, el cual tomó otra galleta sonriendo. Así continuaron tomando una galleta cada uno, la señora cada vez más enojada y el joven sin perder la sonrisa, hasta que quedó la última galleta. El joven la tomó, la partió a la mitad y se la dio a la señora.
Llegó el autobús, la señora se subió, se sentó y mientras miraba por la ventanilla al joven que aun permanecía en la sala de espera, pensaba cómo era posible que hubiera gente tan mal educada que no respetaba las cosas de los demás, mejor que se quedaran en su país. Para quitarse el mal sabor de boca quiso tomar un poco de agua; al momento de sacar la botella, se dio cuenta que el paquete de galletas que había comprado estaba en su bolsa todavía sin abrir.
En estos últimos meses hasta en la sopa, se nos aparecen palabras como covid, gel, mascarilla… y sin olvidar la famosa frase quédate en casa. Para quien realmente ha respetado la cuarentena pudiera tener la impresión que todo mundo hizo lo mismo.
Pero basta con ver o escuchar las noticias para darse cuenta que en algunos lugares no se le ha dado importancia, se sigue viviendo igual con la típica mentalidad a mí no me va a pasar nada. Lo que más llama la atención es que, según los datos, la violencia aumentó en algunos hogares y uno se pregunta: ¿cómo es posible?
Se dice que las crisis y los conflictos sacan lo mejor o lo peor de las personas, y la situación que estamos viviendo parece demostrarlo. Por una parte, vemos, por ejemplo, al personal médico que se preocupa por darle la mejor atención a enfermos o a personas que promueven iniciativas para que nadie pase hambre, nadie pierda su trabajo… Pero, por otro lado, vemos a personas que solo piensan en sí mismas, que no siguen las indicaciones que se dan para evitar los contagios, e incluso se habla de algunas fiestas que se organizaban para ver quién se contagiaba primero.
Creo que estamos viviendo un momento privilegiado para vivir nuestra fe, no solo de palabra sino en acción, ya que lo que queda claro con esta situación es que nadie puede pretender creer que puede vivir solo, pues de una u otra forma lo que haga o deje de hacer, tiene consecuencias en los demás, aun cuando no los conozco o vivan al otro lado del mundo.
Creo que, en este tiempo, todos podríamos seguir aquello que san Guido nos recomienda a los xaverianos en el n. 1 de la Carta Testamento, es decir, de aportar nuestra pequeña colaboración para que se cumpla el vaticinio de Cristo, que desea la formación de una sola familia que abrace a la humanidad.
Qué bonito sería que pasados los años algún niño nos preguntará cómo fue que se venció esta enfermedad, y nosotros le contestáramos: cuando dejamos de vernos como extraños, y nos sentimos parte de la misma familia.



